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HOJAS  INFORMATIVAS

 

29 de junio de 2009

Historias de la colonia

"La esclavitud y el trabajo forzado como elementos clave en el surgimiento y desarrollo del capitalismo. El caso de Guinea Ecuatorial, 1880-1913"

Dolores García Cantús, Universitat de Valencia 

«Es la esclavitud la que ha dado valor a las colonias [americanas], son las colonias las que han creado el comercio mundial y el comercio mundial es la condición necesaria de la gran industria del Mundo moderno» (MARX, K., Miseria de la Filosofía, II, 4) 

INTRODUCCIÓN 

Esta aseveración de Karl Marx no se encuentra analizada en ninguna de sus obras y tampoco en la que, de forma obvia, tendría que estar, El Capital, donde encontramos, en cambio, bastantes dosis de optimismo en cuanto a las consecuencias modernizadoras que, para las colonias, podía tener el desarrollo mundial del capitalismo. Marx, como buen europeo de su tiempo, heredero de la Ilustración, creía firmemente que el desarrollo de la ciencia y de la técnica propiciado por el sistema capitalista iba unido, indefectiblemente, a un desarrollo del conocimiento humano y de su conciencia, a un Bien general, igualitario y armonioso donde la humanidad pudiese encontrar la felicidad para todos los individuos.

En realidad, esta percepción de los principios ilustrados, donde la idea de progreso continuo devenía sacralizada, era muy general –sobre todo, entre las diversas clases y capas burguesas e intelectuales de la Europa del XIX- hasta el estallido de la Gran Guerra que dinamitó todos los principios éticos de la Ilustración. La primera guerra mundializada (como así lo estaban la burguesía y el capital) con sus millones de muertos, heridos, desaparecidos, la siniestra utilización de los descubrimientos químicos y mecánicos con la finalidad de matar; esa guerra terrible de trincheras que incitaba a los hombres a matarse cuerpo a cuerpo, como siempre se había hecho, pero en masa, globalmente, industrialmente, como nunca se había hecho; la guerra mundializada en nombre de las “patrias” que carecía de sentido para los que luchaban, mataban y morían. La Gran Guerra dio el golpe de gracia a la percepción optimista de la Modernidad y dejó al descubierto su otra cara; esa faceta ya denunciada magistralmente por Hobson en 1902[1] cuando sostenía que la causa consciente del Imperialismo -la ambición de individuos y naciones- se disfrazaba con las teorías pseudo-darwinistas de la lucha selectiva entre las razas donde la raza blanca vencería, sojuzgaría o aniquilaría a las razas de menor “eficiencia social”. Este discurso era el mantenido, entre otros prestigiosos científicos, por el padre de la estadística moderna, Karl Pearson, cuando defendía que la forma natural de entender la historia de la humanidad pasaba por considerar importantísimo para una raza fuerte “el mantener un alto grado de eficacia internacional mediante el antagonismo, concretado principalmente en guerras con las razas inferiores y en rivalidad con las razas iguales para disputarse las rutas comerciales y las fuentes de materias primas y de alimentos”[2]. De ello, decía Hobson: “Esta fe auténtica y confiada en la “eficiencia social” es, sin duda, el principal soporte moral del imperialismo”. Por lo tanto, ya no estamos en el discurso pseudo-científico, sino en el discurso ético que Hobson desenmascara irónicamente: “el imperialismo no es más que esta doctrina de la historia natural vista desde los intereses de la propia nación. Nosotros somos la nación socialmente eficiente, hemos conquistado y adquirido territorios y dominios en el pasado, y debemos continuar por ese camino; es nuestro destino, un destino que nos favorece a nosotros y al mundo, es nuestro deber”[3]. En efecto, fue ésta la justificación moral de la trata de esclavos africanos y, posteriormente, del Imperio Británico y de los países europeos occidentales para conquistar y dominar al 84% del planeta desde principios del XIX. El racismo no es más que el producto lógico de esta tramposa justificación moral.

Como dice Gallego Ferrán: “la dialéctica de la Ilustración contiene un elemento de dominación y no sólo de comprensión de la naturaleza: su desencantamiento deviene organización racional, y éste acaba creando un sentido de orden, de depuración, de belleza que se arroja sobre la sociedad”[4]. La lógica final e inhumana de ese camino, en su más perversa forma, desemboca en Auschwitz, como símbolo de la Barbarie. Efectivamente, como sostiene Adorno, Auschwitz marca otra gran ruptura con los ideales rousseaunianos de inocencia y también con los del pacto social. La cara más descarnada del capital, en su solitaria faceta de progreso únicamente material, aflora después de 1945: los pueblos de los países “desarrollados materialmente”, podían, después de la segunda guerra mundial, prolongar la percepción de ese tipo de progreso unos años más, siempre que se continuase con el control, la explotación y el saqueo de los pueblos y gentes de la Periferia. Sin embargo, a principios de este siglo XXI, asistimos –con un asombro digno de nuestra ignorancia- al derrumbe también del progreso material y con él, a la caída en picado de las últimas certidumbres de la ideología  ilustrada que la propia burguesía  supo adaptar a sus intereses más burdos, a través del desarrollo de la ciencia y la tecnología y así dispuso de los medios más sofisticados que jamás han habido para difundir y fomentar, como buena clase dominante, su ideología dominante.

En efecto, la faz que muestra al planeta este siglo XXI es el de un descarado neocolonialismo militar del Imperio sobre los países en cuyos territorios se encuentran las últimas fuentes de energía y recursos tanto materiales como, en algunos casos, “humanos”. Estos países coinciden con una cantidad considerable de “estados” del llamado Tercer Mundo. Según el discurso oficial, en las décadas de los 50 a 70 del siglo XX se produjo la descolonización, la sublevación de los pueblos oprimidos, los nacionalismos y todas las “verdades a medias” de la historia con las que han intentado adoctrinarnos. La doctrina, aparentemente, anticolonialista, nacionalista-revolucionaria no era más que un intento de que el discurso del Bien y de la liberación de los pueblos fuera creíble más allá de una realidad que nos muestra, hoy más descarnadamente que nunca, el abismo terrible que separa a la gran mayoría pobre, no-consumista, hambrienta, desesperada, emigrante, desubicada, marginada… de una élite cada vez más minoritaria y, por ello, más poderosa. El crecimiento exponencial de la polarización de la desigualdad a escala planetaria es abrumador. Esta es la cara de “Medusa” de la Ilustración y la descolonización fue una ilusión pasajera.

Como en un juego de espejos, esta cara queda oculta a la percepción de los pueblos de los países ricos. Se le muestran tan sólo aquéllos picos de iceberg, debidamente manipulados  que el televidente se traga cuando está comiendo, momento propicio para que, en una comparación esquemática y autocomplacida, piense en lo bien que se está aquí y piense menos en la suerte que un simple accidente geográfico le ha deparado. El 95% del hielo restante, queda sumergido e invisible. Pero, lo realmente silenciado y prohibido, es el conocimiento del proceso histórico que, durante los últimos cinco siglos ha conformado la realidad actual.

El capitalismo, con su esencia depredadora, nace ya mundializando su economía y tratando de mundializar su ideología. Mundializa la economía de su sistema basándola, no el trabajo asalariado que siempre representó, además de un peligroso conflicto social latente en mismo corazón del capital, una minúscula parte del trabajo mundial y, por ende, de la obtención de beneficios, sino en la esclavitud y el trabajo forzado de los pueblos de la Periferia, africanos, latinoamericanos y asiáticos. La ideología pseudo-darwinista de la superioridad del hombre blanco, apoyada por los debidos argumentos científicos de la Antropología y demás ciencias Sociales, dio carta de naturaleza al sacrosanto derecho del hombre blanco a disponer y hacer uso de los recursos de los pueblos, de sus personas, del paisaje, del clima, de la biodiversidad, de la cultura. El discurso desprovisto ya de toda ética igualitaria, insiste en la diferencia respecto al Otro y en la inferioridad genético-social-cultural de Éste. Como parece evidente y he señalado, el racismo, ése gran mal de nuestro tiempo, es una consecuencia que se gesta con fuerza a lo largo del proceso histórico de imposición. En este escenario, Auschwitz deja de ser percibido como un hecho aislado, como una excepción y, por tanto, abandona los márgenes de la historia para resituarse como la culminación de un proceso que se remonta al encuentro (al “encontronazo”, según Cardoso) de 3 continentes en 1492, un proceso que a lo largo de los siglos deviene en fabricación industrializada, rápida y eficaz de la muerte del Otro.

Fue al Imperio Español al que se le debe el primer genocidio moderno de la historia.  Se puede decir con Josep Mª Fradera que la pretendida “anomalía” de este Imperio  derivaba de su carácter pionero. Sin embargo, por su desarrollo jurídico, por el control y el trabajo de las poblaciones sometidas y, sobre todo, por la destrucción que provocó, devino en el primer imperio moderno de la historia. Efectivamente, el problema de los españoles fue más arduo que el de los llamados nuevos imperios; se trataba de “cómo forjar una sociedad colonial duradera sobre poblaciones que habían sido militarmente derrotadas, demográficamente arruinadas, psicológicamente hundidas y socialmente aisladas y desestructuradas. No existían precedentes en esto. Ni nadie siguió esta pauta hasta mucho más adelante. Jamás nadie lo haría de nuevo a una escala parecida”[5]. El autor aún lo deja más claro: “en el Caribe primero y en el continente después, los españoles (…) provocarán una destrucción social de proporciones nunca vistas”[6].

Así, el siglo XVI habrá visto perpetrarse el mayor genocidio[7] de la historia humana. La modernidad es entonces, desde sus orígenes, hija de este genocidio y de la  necesaria sustitución de la mano de obra indígena por la fuerza de trabajo africana cosificada. Después de la, siempre problemática Abolición de la esclavitud, la fuerza de trabajo de las masas pobres del planeta fue reconvertida en trabajo forzado en una gigantesca operación de ingeniería laboral.

Hay que reformular, en lo que nos atañe, el discurso de la Modernidad y, sobre todo, sacar a la luz la historia de su base económica y, por tanto, su rostro oculto y silenciado. La visibilidad de Auschwitz radica, no sólo en su cercanía temporal, sino en el hecho de que la inmensa mayoría de las víctimas eran blancas y ciudadanos de los países colonizadores.

En cambio, la completa alteridad con que se percibe al Otro diferente, ha sido una de las causas de esa invisibilidad. Sin embargo, es el sentimiento de culpa que puede acechar, sobre todo, a los cómplices pasivos de los genocidios pasados, los ciudadanos de los pueblos “desarrollados”, y la asunción coherente de responsabilidades por parte de éstos, el peligro que hay conjurar, ocultando y prostituyendo la Historia, implicando continuamente en esa prostitución a los pueblos de las antiguas metrópolis. 

1)      La esclavitud y el trabajo forzoso en la base del nacimiento del capitalismo 

El tráfico de esclavos africanos, que nace a la par del “Comercio Triangular”, está en la base del sistema capitalista y con él, la esclavitud misma que duró casi 400 años. Parece un período demasiado alargado en el tiempo para que pueda ser olvidado tan fácilmente. La explicación no es otra que la del encubrimiento del doble discurso; la burguesía que predicaba en sus metrópolis la libertad, la igualdad (ante la Ley), y que desarrolló las Constituciones Nacionales como cartas de derechos democráticos, negaba el amparo de la esas constituciones metropolitanas a sus colonias, los consideraba esclavos y súbditos y establecía, de una forma muy funcional, un rígido sistema de jerarquías basado en el color de la piel y en lo que ha venido, eufemísticamente, en denominarse “la peculiar institución”, es decir, la esclavitud.

En la resaca de la etapa abolicionista, la burguesía decidió utilizar, mayoritariamente, trabajo forzado de la Periferia. Y convirtió, casi de golpe, a millones de personas en trabajadores-emigrantes, con un estatuto de asalariado absolutamente fraudulento, pero oficialmente, legal. No es muy probable que el coolee chino, indio o yucatanés, que firmaba un contrato de trabajo para una gran compañía con su huella digital, fuese conocedor de los término draconianos del susodicho contrato. Con un régimen laboral de cuasi esclavitud, el patrón no debía preocuparse por la amortización de los trabajadores porque, para que se ocupasen ellos mismos de sus propias necesidades, les pagaban un salario. Seguro que hicieron el cálculo del ahorro.

 Paradójicamente, la ideología ilustrada sobre la injusticia y desigualdad de la esclavitud, las nuevas teorías económicas -de las que A. Smith sería portador- sobre la no rentabilidad del trabajo esclavo, las luchas de los esclavos por su emancipación (sobre todo, la revolución haitiana), las de los cuáqueros y la abolición misma devinieron en factores decisivos que provocaron una nueva acumulación de capital a escala mundial. No se trasladaban las empresas, se trasladaba a las personas, se los exiliaba y se les reducía a “recurso laboral”. Era el gran momento del desarrollo acelerado de los transportes y la navegación. Durante esta fase de la industrialización de Europa occidental y de los EE.UU, las condiciones en la Periferia empeoraron de forma alarmante. Durante un período que va desde las 3 décadas finales del XIX a 1945, las estructuras sociales, demográficas, medioambientales, económicas, políticas y culturales de los pueblos colonizados fueron violentamente debilitadas y masacradas, de manera que no pudieran hacer frente a fenómenos climatológicos adversos (para los que anteriormente tenían reservas); por ejemplo, las grandes hambrunas africanas y asiáticas de fines del XIX o cualquier otra situación de riesgo. Fueron los efectos “colaterales” de la inserción forzada, en un plano de absoluta dependencia, de la población de tres continentes en el mercado mundial.

Los diversos países colonialistas realizaron, a partir del XVIII, una reconversión gigantesca de la economía a escala mundial en la que arrebataron a los indígenas las mejores tierras para dedicarlas a los cultivos de exportación consumidos por el Centro (azúcar, algodón, café, tabaco, cacao, índigo, arroz, etc.), trabajadas por mano de obra esclava o servil, dejando las menos productivas para cultivos de subsistencia. De esta manera,  introdujeron de golpe a millones de campesinos, que tenían garantizada su supervivencia en la “economía moral”, en la economía “amoral” del libre comercio internacional y, con ello, forjaron el Tercer Mundo. A partir de ese momento más del 80% de la población mundial pasó a depender de las decisiones políticas y del ritmo de las bolsas de los países llamados “desarrollados”, es decir, los colonizadores.  

 Desigualdades y Silencios. 

En estos comienzos del siglo XXI, fuera eufemismos, sabemos que el capitalismo continúa sacando sus máximos beneficios de la misma fuente aunque de formas diversas, pero igualmente subdesarrolladoras e inhumanas. El siglo XXI ha devenido un periodo de neocolonización –muy parecido al del XIX- Sin embargo, si entonces las justificaciones ideológicas se basaban en las tesis de una antropología al servicio del poder, que sostenía la inferioridad de los pueblos colonizados y en la sacrosanta doctrina económica del libre comercio, de la deificación de las fuerzas del mercado y  de la iniciativa privada –principios defendidos por Smith, Bentham, etc., hoy las grandes justificaciones son, junto al siempre omnipresente libre comercio, la democracia y los derechos humanos; de tal forma que parezca que la invasión militar y el expolio van de la mano de la implantación de la democracia indirecta y de los derechos humanos occidentales que, los mismos gobiernos occidentales incumplen sistemáticamente. En los diversos procesos de formación de sus estados nacionales, de sus revoluciones burguesas, las metrópolis forjaron sistemas políticos basados, supuestamente, en la libertad y la  igualdad de todos los ciudadanos. Sin embargo, no olvidemos que el art. 17 de la Declaración de Derechos del Hombre y del Ciudadano, rezaba: “Siendo la propiedad un derecho inviolable y sagrado, nadie puede ser privado de ella, salvo cuando la necesidad pública, legalmente comprobada, lo exija de modo evidente, y a condición de una justa y previa indemnización”, y esta sagrada máxima entraba en violenta contradicción con la abolición y radicación de la esclavitud, puesto que los esclavos eran propiedad privada de sus amos de la que sacaban sustanciosos beneficios, en una producción y comercialización que extendía sus redes por los cinco continentes. Desarrollaron pues, sistemas políticos llamados democráticos basándose en el primer artículo de la citada Declaración, es decir, en la igualdad y la libertad (que regulaba el art. 4º) bien entendido que el principio de la igualdad ante la ley, como todos los demás de sus constituciones, tan solo era aplicable en la metrópoli y legislaron la intención de unas posibles “Leyes Especiales” para sus colonias que, casi nunca llegaron a plasmarse en el papel[8].

Así pues, en los procesos y momentos de forjar un aparato del estado liberal, dejaron fuera de él a las poblaciones de los países dependientes.

Es, cuanto menos, sospechoso que haya sido silenciada sistemáticamente esta ignominiosa forma de obtener el máximo beneficio por parte del sistema capitalista que, básicamente, continúa sacando sus máximos beneficios de las mismas fuentes. Si esta aseveración resulta correcta, las consecuencias de este silencio pueden devenir siniestras para nuestra especie y los occidentales tendremos que empezar por preguntarnos el porqué no lo vemos, qué es y de qué está hecho ese velo eurocéntrico que nos cubre y que actúa como un burka, es decir, nos distorsiona la realidad.

Por ello, en mi opinión, el silencio es culpable y las consecuencias incalculables. Sencillamente, el 20% de la población rica -que en realidad, es menos porque el 2% constituye la gran élite que devora más y hay millones de homless que no se llevan un hueso a la boca- no puede esperar ejercer el canibalismo económico con el 80% del resto del género humano y con la naturaleza y que no suceda nada. 

La historia del tráfico de esclavos, de la esclavitud y del trabajo forzado de millones de seres, es casi inexistente en los libros de texto de Primaria o Secundaria y sucede prácticamente lo mismo, salvo por las clases de algunos historiadores, especialistas en colonialismo, cuyo número es escandalosamente bajo, en las Universidades de este mundo global. Por supuesto, en las sociedades terrícolas, bien se trate de Nigeria o de Gran Bretaña, reina la más profunda de las ignorancias. Evidentemente, planificada y difundida. Si los encargados de transmitir la Memoria no pueden hacerlo, si se utiliza la tecnología más avanzada para prostituir la Historia y si la especie humana en general –ya sea un individuo de la clase media neoyorquina o un habitante de las chabolas de Nairobi- se deja seducir por las Sirenas del consumismo capitalista, no es extraño el silencio. Pero ya sabemos lo que produce la amnesia.

No obstante, lo realmente importante en estos momentos, es que los pueblos africanos ignoran por completo su historia. Después de dos siglos de inmersión coercitiva en las culturas occidentales, después de imposiciones lingüísticas, religiosas, de normas sociales, laborales, domésticas, cotidianas, etc.; es decir, después de esta brutal aculturalización, ignoran el porqué, el cómo y el para qué (aunque esto lo intuyen) fueron colonizados y los bárbaros hechos que jalonaron el reparto y la conquista del continente. Encontramos el mismo silencio de Occidente: el tema de la trata así como el de la esclavitud no están presentes en los libros de texto y no hay programas en las universidades que los contemplen. En cuanto al tema de la colonización, todo lo que se imparte oficialmente en África es, en general, puro adoctrinamiento en cuanto éste les es funcional a los corruptos y dictatoriales gobiernos impuestos por los occidentales después de la descolonización. Obviamente, el hecho de reducir la colonización a un asunto de administraciones blancas corruptas sirve para diluir la responsabilidad del enemigo porque no conviene morder la mano que te da de comer, lo que no quiere decir que, en situaciones límite, se agite el fantasma del colonialismo[9]. Esta perversa forma de utilizar la historia también es muy útil para reafirmar los valores patrios, para desviar atenciones, etc. Es evidente que, en este contexto, a la mayoría de los gobiernos africanos tampoco les interesa que sus pueblos sepan de qué forma, durante cuánto tiempo y con qué fin sus antepasados fueron convertidos en mercancía. 

El trabajo forzado en la colonia española de Guinea Ecuatorial. Un ejemplo paradigmático entre fines del XIX y 1913. 

Resulta muy difícil hacer una síntesis de un periodo tan prolongado como complejo en relación al tema clave del colonialismo español en Guinea Ecuatorial: la perentoria y continua necesidad de fuerza de trabajo barata y eficiente. Esta necesidad y la imposibilidad hasta, aproximadamente 1913, de la asimilación y sojuzgamiento del pueblo bubi, empujó a los conquistadores a recurrir a formas de esclavitud encubierta, a prestaciones obligatorias de trabajo para la administración colonial, a la contratación fraudulenta de braceros de la costa, krumanes, liberianos, nigerianos, etc., a importar familias humildes de la metrópoli con promesas de triunfo, a utilizar el trabajo de emancipados cubanos enviados a Fernando Póo y de deportados políticos –en las décadas 60 y 70 del XIX-  tanto peninsulares como cubanos.

La llegada de los claretianos (de hecho, verdaderos funcionarios del estado) en 1883 y su extensión por la isla, marcan el inicio de una lenta asimilación del pueblo bubi a base del rapto, la violencia de castigos corporales y el asesinato, la complicidad de la orden con el gobierno colonial en las llamadas oficialmente “expediciones de castigo” contra los poblados nativos y la imposición de la religión católica, como base civilizatoria de salvajes, en su vertiente más tradicionalista, ignorante y cutre, inculcando los valores religiosos de la civilización de la Madre-Patria-España de una forma ciertamente grotesca. Los “pobrecitos e ignorantes” bubis, además de aprender el castellano, adoptar las costumbres de la patria, adorar al dios único y verdadero, ser sumisamente obedientes, aplicarse al trabajo occidental y, encima, asumir éste como el factor básico de su existencia, tenían que creer en la parafernalia santoral española desplegada ante ellos, tal como: el glorioso imperio español protegido por la virgen del Pilar y Santiago apóstol, la conversión en mito colonizador de la moreneta de Montserrat, hecho explicable porque los padres claretiano procedían de Vic, etc.

La enorme presión del Gobierno colonial y la de los plantadores y comerciantes de la isla en el reclutamiento de mano de obra forzada, sus ataques directos a los bubis (1904) y, a partir de 1900 a los diversos pueblos, mayoritariamente fangs del continente, supuso una intensificación de la violencia armada del estado colonial ante las continuas rebeliones de los colonizados y, finalmente, su sometimiento con la finalidad de la mercantilización y cosificación de sus personas y con el único objetivo de su explotación física en plantaciones, trabajos de infraestructura y demás necesidades coloniales.

Esta explotación física iba acompañada de la masacre cultural que los españoles perpetraron contra los pueblos colonizados africanos –bubis, fang, ndowe, annobonenses y bengas de Corisco, en su necesidad de dinamitar la estructura de pensamiento de éstos, sus costumbres y, en definitiva, todas sus formas de vida, rompiendo su identidad, su relación con el medio, sus tradiciones, su historia y, con ello, comprometiendo gravemente su futuro y su supervivencia. 

No es hasta mayo de 1858, después de varios intentos fallidos y de un olvido de casi un siglo (1778-1858)[10], que la expedición Chacón sienta unas esquemáticas bases jurídicas para la colonización oficial de Fernando Póo. El primer Estatuto Orgánico de la colonia es aprobado en diciembre del mismo año, teniendo como objetivo prioritario establecer un núcleo permanente de población española junto a la fuerza de trabajo auxiliar que habían recomendado todos los informes: los krumanes. En agosto de 1859, la expedición La Gándara llega a la isla con 128 humildes colonos procedentes, en su mayoría de Valencia y Alicante y 166 militares. En octubre, gran cantidad de colonos habían enfermado o muerto. Por otra parte, el fracaso en el reclutamiento de krumanes fue también estrepitoso al huir éstos de la isla debido a los malos tratos, baja remuneración, largo periodo de contrata y la obligación de trabajar la tierra para lo cual no estaban preparados. La administración colonial ensaya entonces varias formas de trabajo esclavo, de facto, aunque se disfrazase con otro ropaje.

En agosto de 1862, desembarcaron en Fernando Póo los primeros 200 emancipados emigrados forzosamente desde Cuba. Junto con su juventud y el que fuese Zulueta y Cia. la encargada del suministro de víveres, todo nos hace pensar que, bajo el concepto “emancipados”, la administración colonial cubana, que se encontraba en una delicada posición entre el “miedo al negro” (desencadenado desde la revolución haitiana) y el superávit de esclavos existentes en la isla que no podían vender en EE.UU debido al bloqueo de los puertos sureños por la armada del norte, envió mayoritariamente bozales a los que se puso a trabajar en obras públicas. Paralelamente y, mientras se trataba de educar a los bubis en la civilización del trabajo, se ensayaron otras formas de reclutamiento esclavo en las costas del golfo de Biafra que, finalmente, también fracasaron. Fernando Póo adquirió la fama de ser no sólo en la tumba del hombre blanco sino también la del negro que libre o forzosamente, acudía a trabajar. En la costa se le conocía despreciativamente con el nombre de “Nanny Po”.

Desde 1861, pero sobre todo a partir de 1866, el gobierno comenzó a desarrollar una nueva política: la conversión de la isla en colonia penal para las víctimas, tanto peninsulares como cubanas, de las revueltas de la época. F. Póo devino en un espejo que reflejaba las contradicciones tanto de la política peninsular como de la nefasta política colonial.

En 1861 se produjo la primera deportación de 13 presos políticos malagueños. Casi todos murieron. Una mayor mortandad se produjo entre los 33 deportados, insurrectos de Loja, que llegaron en 1862. La tragedia de estas primeras deportaciones acompañaría la historia venidera de la isla como una maldición.

En 1873, el gobernador García de Tudela, en su informe al gobierno de la 1ª República, aconsejaba abandonar la colonización de la isla ya que los verdaderos beneficiados de ésta eran los británicos[11].

El gobierno de la Restauración continúa con la política de deportación de peninsulares en 1874, 75 y 76 y de presos políticos cubanos a partir de 1881. Todos ellos llevaron una vida miserable en la isla donde se les hacía trabajar como doble castigo.

Los contactos con los bubis hasta 1887 se habían reducido a los pueblos más cercanos a Sta. Isabel, como Basilé y Banapá, pero los bubis del interior y del sur (Moka) permanecían al margen no sólo de la administración colonial sino también de la pretendida soberanía española y gozaban de un total desconocimiento de su territorio por parte de los blancos. Sin embargo, la situación, a partir de la década de los 90 con el despegue de la economía del cacao y su perentoria necesidad de brazos, iba a cambiar desfavorablemente para el pueblo bubi.

En 1887 se realizó la 1ª expedición de reconocimiento a Moka. Uno de sus principales miembros, el padre claretiano Juanola, daba cuenta de este primer encuentro como sigue: “El fin que se propuso la expedición era altamente patriótico y religioso, ya que nuestro designio era atraer al amor de la religión y de España a los pueblos bubis, y contraer amistad con los botukos o reyes de la isla (…) y sobre todo con el gran rey de todos ellos llamado Moca, quien se creía hasta hoy ser invisible para los blancos (…). El Gobierno deseaba ganar su amistad, para así dominar la isla y la Misión permiso y benevolencia para establecerse en cualquiera de los pueblos bubis. Todo se consiguió como se deseaba. Te Deum laudamus”.

En realidad, todo se había reducido a un primer contacto exitoso, fracasando el reclutamiento de braceros. Diez años después, ante la renuencia de los bubis del sur de trabajar para los finqueros y sus enfrentamientos con éstos y con la Misión de la Concepción que raptaba niños bubis para sus poblados-reducciones, el gobernador Adolfo de España decidió realizar una “expedición de castigo” a Moka, pasando por los pueblos de Balachá. Ante la resistencia del rey a doblegarse y a proporcionar braceros, el gobernador le hizo saber que en aquella isla no existían más leyes que las del gobierno español y le amenazó con destruirlo a él y a su poblado si persistía en su actitud de rebeldía. Por otra parte, Adolfo de España recomendó a la metrópoli mano dura con los bubis y el envío de fuerzas militares. Se rompía así la política de las últimas décadas de acercamiento y asimilación pacífica de los bubis[12].

Recordemos el momento histórico: nos encontramos en medio de las disputas europeas, después de la Conferencia de Berlín de 1884-85, por el reparto y saqueo de África. En este contexto y, después del primer viaje de M. Iradier de 1875 al 77 al continente, siguieron otras expediciones con el fin de ganar para España el mayor trozo que se pudiese del “pastel” continental frente a la isla. Hay que nombrar aquí las expediciones de Iradier y Osorio en 1884, la del gobernador Montes de Oca en 1885 y la de Osorio en 1886. Este mismo año se constituyó la Conferencia franco-española en París con el objetivo de repartirse la rapiña, delimitando fronteras artificiales entre las posesiones francesas del Gabón y los 200.000 Km. que reclamaba España. En 1900 se firma el Tratado de París, por el que España tan sólo obtenía 28.000Km., en lo que luego se denominaría Río Muni, de los cientos de miles ambicionados. Un año después, los franceses entregaron oficialmente la ciudad de Bata con todas sus dependencias. En ese momento existían en la zona 8 factorías extranjeras: alemanas (4), inglesas (2), francesas (1) y belgas (1). Los trabajos de demarcación tuvieron lugar desde agosto a octubre de 1901 y, en el ambiente de derrota que se vivía en la península desde 1898, el Convenio Delcassé-León y Castillo, leído como el gran fracaso en África, vino a abundar en este sentimiento.

En 1904, mientras el gobierno colonial, defendiendo la posición de los finqueros, realizaba continuas expediciones de castigo con el fin de terminar con las rebeliones de los distintos pueblos fang del continente a ser deportados como braceros a la isla, el Gobierno metropolitano se disponía a reforzar las bases de la colonización, regulando jurídicamente, tanto la administración de los ahora llamados Territorios Españoles del Golfo de Guinea con un nuevo Real Decreto, como el régimen de propiedad de la tierra. En principio, todas las tierras que no estuviesen en uso, pasaban a ser propiedad privada del estado que poseía el monopolio de su concesión a particulares. Dice Alicia Campos: “Con esta concepción se desconocían conscientemente muchas de las prácticas de utilización del territorio por parte de los africanos, que no podían equipararse al derecho absoluto de propiedad privada, pero que hacían del bosque un lugar no sólo de recursos adicionales a los agrícolas, sino también un espacio potencial de movilidad (…). El estado colonial se abstuvo a estos usos el carácter de derechos de la población africana sobre el territorio: ello hubiera hecho jurídicamente muy difícil el inicuo reparto de tierras entre los colonos. De modo que la propiedad indígena (…) sancionó una verdadera desposesión”[13]. Aunque la autora señala que el régimen de propiedad establecido en 1904 aún concedía, de forma paternalista, ciertos derechos a los bubis y que sólo en 1920, tras el total sometimiento del territorio, se afianzaría la escisión entre ciudadanos y súbditos, lo cierto es que el pueblo bubi –desde fines del XIX-  percibía legítimamente todas estas agresiones como una intolerable expoliación de sus tierras.

No es casualidad que fuese precisamente 1904 el año en que se produjo uno de los mayores enfrentamientos con los bubis del sur, teórico dominio del rey de las colinas de Moka del que dependían unos 200 poblados que se desparramaban hacia las bahías de S. Carlos por el oeste y de Riaba, por el este.

La conquista del Sur de Fernando Póo era importante para el gobierno colonial por las siguientes razones:

-La situación geográfica y climatológica de la zona de Moka que la hacía muy sugestiva para, por un lado, utilizarla como sanatorio de los blancos y, por otro, para su explotación agrícola como despensa de productos occidentales y pasto de ganado.

-La fertilidad de sus tierras que prometía pingues beneficios a los finqueros ya establecidos en la isla y servía de reclamo para nuevos establecimientos.

-La gran concentración de pueblos bubis que, una vez imbuidos de la idea redentora del trabajo, se convertirían en los braceros de los blancos y fernandinos.

-Finalmente, desde el punto de vista político, ya no era tolerable para el honor patrio y la imposición de la total soberanía de España, el tener en su territorio rebeldes que cuestionasen tal soberanía.

Todo ello coincidió con la administración de un gobernador militar especialmente violento, prepotente y corrupto, José de Ibarra que, en 1903, había emitido un bando sobre el trabajo forzado bubi. En junio de 1904 ordenó una expedición de castigo  contra los poblados situados en Concepción y en el Valle de Moka que se negaban abiertamente a acatar las órdenes de la administración colonial. Con la complicidad de colonos y claretianos, y en el desigual enfrentamiento, fue hecho prisionero y torturado el botuko Ësáasi Eweera (sucesor del rey Moka), muriendo poco después en el hospital de Santa Isabel y hechos prisioneros, además de toda su extensa familia, un número indeterminado de bubis. Parece que el Gobernador había actuado por su cuenta sin dar parte al Ministro de Estado. Este hecho, más lo escandaloso de las formas, costó el puesto de gobernador a Ibarra que fue destituido el 15 de enero de 1905[14]

En junio de 1910, el gobernador interino, Luis Dabán, instigado por la Cámara Agrícola que, en su sede de Barcelona, había elaborado todo un plan de sometimiento de los bubis, publicó un decreto en el que se recordaba la obligación de sus jefes de presentarse ante los delegados del gobierno con todos los hombres de 15 a 50 años para su reparto laboral entre las fincas y la propia administración. La presión de este bando, la de los mayores finqueros de la isla (como la Trasatlántica) que ya se habían asentado en la zonas playeras, y los continuos raptos de niños para el poblado-misión de Mª Cristina, provocaron el levantamiento conocido en España como “los sucesos de Balachá” porque fue este pueblo –el más cercano a Moka y a la bahía de Concepción- el primero en rebelarse en legítima defensa. Las fuerzas coloniales subieron 3 veces a Balachá, sin poder vencer la resistencia bubi. Como quiera que en el segundo enfrentamiento, muriese el cabo blanco, León Rabadán, especialmente odiado por los bubis por su alianza con los finqueros mediante la cual cobraba 15 ptas. por nativo raptado y después del fracaso del tercer intento, se pidieron refuerzos a Sta. Isabel. El propio gobernador junto a 80 hombres al mando del jefe de la Guardia Colonial, embarcaron en el “Annobón” rumbo a San Carlos. Una vez en el terreno y, mientras subían, iban destruyendo los poblados bajos de Balachá “ya que las condiciones naturales del terreno, que era un espeso bosque, impedía a nuestras fuerzas maniobrar con libertad”[15]. Fue éste el enfrentamiento decisivo puesto que los bubis hirieron (siempre en cifras oficiales) a unas 12 personas, mientras las fuerzas coloniales causaron 6 muertos y 30 heridos y consiguieron matar al Jefe Luvá; capturaron a uno de sus hijos y a sus mujeres y llevaron presos a un número indeterminado de rebeldes.

A pesar de ello, en octubre, los bubis de toda la zona de la bahía se estaban rearmando y, ante el peligro de rebelión, el Superior de la Misión pidió ayuda a los finqueros Vivour y Romera que mandaron a sus krumanes a incendiar, saquear y matar. Se encontraron con la resistencia de Riebedda, jefe del primer poblado que incendiaron, quien mató a uno de ellos. Aún así, los mercenarios continuaron con su perversa labor. Los bubis se dispersaron e intentaron obtener protección tanto en la Misión católica como en la protestante. Cuando, a requerimiento del gobernador, llegó el barco de guerra mandado desde Madrid, su intervención ya no hizo falta.

Sin embargo, la amenaza de los hechos, parcialmente descritos, sirve de comienzo a la justificación del Bando del gobernador Ángel Barrera sobre el trabajo obligatorio de los bubis de 13 de octubre de 1911: “Este año (…), con más razón que en los años pasados (…) principalmente porque los sucesos del año anterior habían animado a algunos de estos naturales, y no habían dejado de tener sus reuniones (…) acordaron que si dictaban bandos para trabajar se negarían a ello y hata se rebelarían, porque alguien les había enseñado que el suelo de la Isla les pertenecía y que por lo tanto eran los únicos que tenían derecho a trabajarlo en provecho propio”[16].

Aunque, como sostiene la Dra. Campos, las rebeliones bubis lograron arrancar a la Administración Colonial española algunos derechos sobre las tierras y muchos naturales se convirtieron en pequeños agricultores, no fue antes de que se les reprimiese,  humillase y se arrebatase a la comunidad su legítimo territorio.

La Sección Colonial, en su Informe al Ministro de Estado sobre las medidas gubernativas de Barrera y los hechos acaecidos, empleó términos bastante más duros que los del gobernador. En una reveladora comparación, relacionó a los bubis con el proletariado peninsular. La rebeldía y sublevación de aquéllos eran una “fermentación peligrosa que es necesario prevenir y atajar a toda costa si no se quiere sumar ese nuevo conflicto a los que constantemente suscitan las clases proletarias a título de reivindicación de sus derechos”[17]. Añadía, además, que los preceptos estaban escritos para ciudadanos pacíficos que en el momento en que se convertían en elementos perturbadores “pierden sus derechos que justifican las decisiones extremas y dictatoriales de la autoridad, que siempre tendrán que inspirarse en el legendario decreto del Senado Romano: Videant Cónsules, ut ne quid detrimento Respública capiat”.

Con la apelación al Senatus Consultum Ultimum, fórmula de excepción que el Senado de la República romana –inserta en un modo de producción esclavista- utilizó por vez primera contra Cayo Graco y sus intentos de reforma agraria en el siglo II a.n.e., se pretendía justificar el expolio de uno de los pueblos más singulares y pacíficos del continente africano".

 

NOTAS

   [1] HOBSON, J.A., Estudio del Imperialismo, Madrid, Alianza, 1981.

   [2] Citado por HOBSON, op. cit. P. 156.

   [3] Ibídem, op. cit. , p. 158.

   [4] GALLEGO FERRÁN, Los ciudadanos de la Alemania nazi en,  http://idt.uab.es/erytheis/texte-integral.php3?id_article=64&lang=es.  La cursiva es mía.

   [5] FRADERA, Josep María, La peculiaridad colonial del imperio español: una consideración a largo plazo. Manuscrito inédito facilitado por cortesía del autor, p. 6.

   [6] Ibídem, p. 11.

  [7] Reproduzco aquí una cita de BARTOLOMÉ CLAVERO al respecto del término “genocidio”. El artículo completo en su web: http://clavero.derechosindigenas.org/?p=1593. “Convención para la Prevención y Sanción del Delito de Genocidio, artículo 2 (y Estatuto de la Corte Penal Internacional, art. 6): “Se entiende por genocidio cualquiera de los actos mencionados a continuación, perpetrados con la intención de destruir, total o parcialmente, a un grupo nacional, étnico, racial o religioso, como tal: (…) c. Sometimiento intencional del grupo a condiciones de existencia que hayan de acarrear su destrucción física, total o parcial”.  

   [8] Véanse los magníficos trabajos al respecto de FRADERA, Josep María, “Raza y ciudadanía. El factor racial en la delimitación de los derechos de los americanos” y “¿Por qué no se promulgaron las ‘leyes especiales’ de Ultramar?” en  Gobernar Colonias, Barcelona, Península, 1999, págs. 51-95; Colonias para después de un Imperio, Barcelona, Bellaterra, 2005 y el trabajo inédito “La esclavitud y la lógica constitucional de los Imperios”. Para un mejor entendimiento de las hambrunas y consiguiente mortandades globales de fines del XIX y su perversa relación con el colonialismo, MIKE DIVES, Los holocaustos en la era victoriana tardía. El Niño, las hambrunas y la formación del Tercer Mundo, València, Publicacions de la Universitat de València, 2006.

   [9] El ejemplo del dictador de Guinea Ecuatorial, Teodoro Obiang, es clarificador: multinacionales petrolíferas yankees, británicas, etc., están extrayendo una gran cantidad de petróleo en este país de colonización española, con plena libertad (puesto que Obiang no ha tenido nunca la osadía de Sadam de nacionalizar el petróleo), amplios privilegios y repatriación de beneficios.  Por la gran riqueza que se está extrayendo, el PIB del país (los habitantes sobrepasan en poco al medio millón) podría ser, en estos momentos, el más alto del mundo. Sin embargo, los diversos pueblos guineanos mueren de malaria, de fiebre amarilla, de tifus, de sida… Resultado: por un lado, las multinacionales operantes muy contentas con sus grandes beneficios que, además, obtienen sin ponerse la careta de mesiánicos demócratas para justificar una invasión que les costaría dinero. Los “costes colaterales” no son cuantificables ni traducibles al vil metal; por otro lado, el dictador, su extensa familia, su clan y su corte, también muy contentos porque las corporaciones occidentales les pagan bien sus servicios. En medio de uno de los pueblos más pobres de África, Obiang es uno de los hombres más ricos del mundo. Y, sin embargo, hay mucho en él de pose anti-colonialista apolillada. No tiene nada que ver  con el neocolonialismo salvaje del XXI, sino que se refiere siempre al viejo colonialismo español en su aspecto administrativo más anodino.  

   [10] Ver GARCÍA CANTÚS, Dolores, Fernando Póo: una aventura colonial africana en el África Occidental. I.  Las islas en litigio: entre la esclavitud y el abolicionismo, 1777-1846, Vic, Ed. Ceiba, 2006. 

   [11] GARCÍA CANTÚS, Dolores, Abandonar Guinea: informe de García Tudela al gobierno de la República, 1873, Vic, Ceiba Ediciones, 2004.

   [12] Para una mayor comprensión tanto del período como de la temática, son importantes las aportaciones de DÍAZ MATARRANZ, J. José, De la trata de negros al cultivo del cacao, Vic, Ed. Ceiba, 2005, y DE CASTRO, M.-DE LA CALLE, M.L, La colonización española en Guinea Ecuatorial (1858-1900), Vic, Ed. Ceiba, 2007.

   [13] CAMPOS SERRANO, Alicia, “Colonia, Derecho y Territorio en el Golfo de Guinea: tensiones del colonialismo español en el siglo XX” en Quaderni Fiorentini, Milano, Dott. A. Giuffrè Editore, 2005, p. 875.

   [14] GARCÍA CANTÚS, D., “El comienzo de la masacre colonial del pueblo bubi. La muerte del Botuko Sás, 1904” en  MARTÍ, J. y AIXELÁ, Y., Estudios Africanos. Historia, Oralidad, Cultura, Vic, Ed. Ceiba, 2008, pp. 7-26.

   [15] A.G.A. Äfrica-Guinea. CAJA 7, exp. nº 2, Sucesos de Balachá. Informe de Eduardo Bosch al Ministro de Estado, 29 de septiembre de 1910.

   [16] A.G.A. África-Guinea. CAJA 7, exp. 2, Sucesos de Balachá. Decreto del Gobernador, Ángel Barrera.

   [17] De la Sección Colonial al Ministro de Estado, 6 de Julio de 1912.

 

Lola García Cantús. Departamento de Historia Contemporánea de la Universitat de València.

Ponencia presentada al Congreso de Valladolid, 8 de junio de 2009. 

 

 

En mi opinión, el secular silencio que ha envuelto a esta parte fundamental e inherente a la propia existencia del capital, debe ser roto. Entre otras cosas, porque si en los siglos XIX y XX que fueron épocas de “vacas gordas” para el capital, los que manejaban los hilos de la trama fueron capaces de los mayores crímenes contra la humanidad, ¿de qué no serán capaces si las condiciones económicas empeoran?.

Enumeremos la barbarie del, como dice Hobsbawm, más mortífero siglo de la historia, el XX: el salvaje colonialismo con su previo y post esclavismo, las 2 guerras mundiales, el perverso Holocausto nazi, el que “los buenos” arrojasen la primera bomba nuclear (el poder de Prometeo) en dos ciudades japonesas repletas de inocentes, el que sometiesen a todos los pueblos del planeta a la paranoia de “la destrucción mutua asegurada” (MAD) durante la llamada “Guerra Fría” y, después de desaparecido el gran enemigo del otro lado del “telón de acero”, que materializaba (de forma completamente distópica) la utopía secular y roussoniana de la humanidad de conocer una sociedad mejor, ha borrado las esperanzas de los seres humanos con la finalidad evidente de que su derrota favorezca su reesclavización psicológica y material. Y, en ese sentido, los poderosos han clasificado a los pueblos e individuos de este planeta como “usables” y “desechables”; consumidores a los que hay que lavar el cerebro y cambiar el calendario para que sacien su voraz apetito de cosas inútiles y desheredados, homless, salvajes del Tercer Mundo, etnias de todos los continentes, pobres, míseros… a los que hay que hacer invisibles porque su sola imagen es como Medusa: si la miras y la ves, te convierte en piedra. Y también porque su sola presencia material, su solo estar en el mundo con algo más que con carne y con huesos, es decir, con inteligencia y necesidades vitales, tan solo puede traer consecuencias negativas para el capital.

Decía que si los capitalistas en siglos de “vacas gordas” fueron capaces en aras de sus sagrados beneficios de cometer estas horrendas locuras ¿De qué no serán capaces en los tiempos de “vacas esqueléticas” que parecen amenazar el futuro? Por todas estas razones, repito, hay que recordar, hay que levantar el Silencio.

Lola García Cantús.

Departamento de Historia Contemporánea de la Universitat de València. 


 

Editado y distribuido por ASODEGUE

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