HISTORIA DE GUINEA

 
   

 

 

 

 

 

 

   Luis Carrero Blanco tiene un importante papel en la definición de la política colonial española en todo el periodo correspondiente a la dictadura franquista. Reproducimos uno de los capítulos del libro Carrero, la eminencia gris del régimen de Franco publicado por Javier Tusell en 1993 en la editorial Grandes Temas de Hoy (páginas 307 a 3014), que refleja la importancia de las descolonizaciones del Sahara y de Guinea Ecuatorial en la España de los años 60.

 

 

EL HORIZONTE DE LA DESCOLONIZACIÓN

"Una cuestión que desempeñó un papel de gran importancia en la política española de los años sesenta, mucho mayor de la que se suele pensar, atendiendo a la carencia de monografías a ella dedicadas, fue la descolonización. A Carrero le llevaban a enfrentarse con ella dos realidades, biográfica la una y administrativa la otra. En el primer capítulo de este libro hemos podido comprobar cómo la vida profesional de marino de nuestro biografiado le había puesto en contacto no sólo con Marruecos sino también con Guinea.

Las posesiones coloniales estaban unidas tan estrechamente al Ejército español de la época que se puede decir que entre los estamentos militares y los civiles había una óptica no sólo distinta sino incluso por completo ajena. Pero, además, se daba otra circunstancia que contribuía a reavivar esta vinculación: de Carrero, como ministro subsecretario de Presidencia (y diez años antes como subsecretario) dependió desde 1941 la Dirección General que llevaba la administración civil de las colonias españolas y que fue desempeñada por el general José Díaz de Villegas, lo que ratifica cuanto acabamos de afirmar. Este tenía una visión paternalista y poco propicia a la independencia respecto de los que denominaba como «los morenos» y su superior no estaba muy lejano a ella.

 

No tenemos noticias acerca de lo que supuso para Carrero la independencia de Marruecos, aunque es muy posible que para él constituyera, como fue el caso de la mayor parte de los militares españoles de la época, una amargura. En cambio, tenemos alguna noticia de su opinión respecto de una de las posesiones que le quedaron a España partiendo, además, de unos planteamientos de carácter general que permiten reconstruir su posición ante el proceso descolonizador. Para conocerlos debemos remontarnos a finales de la década de los cincuenta, en concreto a 1957, cuando todavía faltaban cuatro años para que las tropas españolas abandonaran de manera definitiva Marruecos43.

 

Eran los momentos en que Mauritania era todavía una colonia francesa mientras que en el Marruecos recién independizado había organizaciones militares que, con mayor o menor tolerancia del nuevo Estado, practicaban una guerrilla de liberación cuyos resultados, aunque no afectaran a los españoles, no podían menos de inquietar a sus autoridades; no tardaría en producirse una agresión a Ifni que se convirtió en una auténtica guerra con muchas bajas. Pues bien, en estas circunstancias Carrero escribió al responsable español en el Sahara dándole unas instrucciones de las que nos interesa el hecho de que revelan su posición de fondo sobre esta cuestión. En primer lugar hacía un juicio crítico retrospectivo acerca de lo ocurrido en Marruecos que nos interesa porque revela una seria reticencia respecto de la independencia de cualquier colonia: «Allí —aseguraba— se dieron demasiadas facilidades a los partidos políticos que querían la independencia [...] y, aunque en cierto modo no hubo otro remedio a causa de los anteriores errores de Francia con el Sultán, lo cierto fue que tiramos piedras contra nuestro propio tejado porque la independencia del Marruecos francés trajo como consecuencia inmediata la del Marruecos español». Eso presuponía la condena radical de la política de que había sido protagonista e inspirador el alto comisario García Valiño. 

Por esa razón, las partidas guerrilleras, aunque fueran adversarias de Francia y no de España, no debían ser ayudadas pero, sobre todo, también debido a otro motivo que derivaba del juicio que el ministro subsecretario hacía de la descolonización en general: «Todos los Ejércitos de Liberación que han venido actuando en el norte de África son instrumentos de la URSS mediante los cuales viene persiguiendo (y a fe que lo ha conseguido) crear dificultades a los occidentales en África». En consecuencia, a los indígenas de la zona española debía decírseles que aquéllos estaban formados por «unos malos musulmanes que sirven a Rusia, que es enemiga de Dios y que son traidores al Sultán y, en general, a los musulmanes». Por otra parte, respecto del Sahara español tenía una idea muy clara y firme: esa zona «no fue jamás dominada por el imperio marroquí» y «es tan territorio español como la provincia de Cuenca». Añadamos que lo que sabemos acerca de la posición de Franco hace pensar en una coincidencia sustancial con él, porque en pleno Consejo de Ministros, ya en los años setenta, repitió que el Sahara no había sido marroquí y que «no se empezara a repartir la tarta». En Franco, sin embargo, hubo, siempre y en todo, mayor ductilidad en la expresión de sus posturas. 

Ya en los sesenta Marruecos siguió causando a los dirigentes españoles quebraderos de cabeza. Hubo una intervención especialmente dura de Franco en el verano de 1961 que recoge el acta del Consejo de Ministros correspondiente: «Habla también (el Jefe del Estado) de la actitud antiespañola de la prensa gubernamental de Marruecos. Parece ser que el Gobierno marroquí conspira para crear dificultades a España. Se acuerda prevenir a las naciones (Estados Unidos... etc.) y a la ONU que si hay alguna agresión responderemos violentamente y ya será la guerra con todas sus consecuencias.» 44 La indudable simpatía sentida por Franco hacia De Gaulle no derivaba tan sólo de su condición de militar sino de político de derechas, y de que de él se pensaba que mantendría a Argelia como posesión francesa. Las intervenciones del Jefe del Estado en los consejos de ministros testimonian también un juicio muy negativo acerca de la ONU en cuestiones relativas a la descolonización, como las de Goa y Katanga. 

A esa resistencia de fondo de Carrero a aceptar la descolonización hay que sumar una actitud paternalista que partía de la consideración muy positiva de la presencia española en África, que él había comprobado con sus propios ojos. A fines de 1961 visitó Guinea y, meses después, presentó un informe al Consejo de Ministros en el que, aparte de hacer mención a esa realidad, no dio la sensación de que fuera necesaria ninguna medida de carácter político45. Su texto partía de una visión de África como un conjunto de estados libres «que han entrado en su independencia prematuramente» por la doble influencia del anticolonialismo ruso y norteamericano y por la acción de sus «escasos intelectuales negros» que «fueron captados en su mayor parte durante el período de estudios por los partidos comunistas de Europa». A este peligro había que añadir la presencia de supuestos pesqueros soviéticos que, en realidad, tenían una función subversiva muy peligrosa. 

El único problema de Guinea, para Carrero, era el contexto africano y no la situación en ella existente. «La población indígena española», decía, «se muestra contenta y vive tranquila; está bien tratada y protegida por las autoridades y tiene conciencia de que su nivel de vida es superior al de cualquier otra región africana», pero resultaba posible que fuera pronto la única zona en que se mantuviera la dependencia de los países europeos, por lo que cabía esperar una ofensiva en favor de la independencia. Lo que Carrero propuso fue que se evitara traer braceros exclusivamente de Nigeria y que se incrementara, aunque en términos modestos, la presencia militar en la zona con el envío, por ejemplo, de una fragata más. Como ya se ha señalado, el ministro subsecretario no preveía ninguna medida de carácter autonómico. Esta, sin embargo, acabó imponiéndose como una necesidad y en el verano de 1964 quedó aprobada una Ley de Bases de Régimen Autónomo para Guinea. A mediados de los años sesenta se establecieron, también, los primeros acuerdos con Marruecos en relación con las explotaciones de fosfatos del Sahara. En octubre de 1966, Carrero, que en mayo anterior había visitado la zona, donde había asegurado que «si vuestra voluntad es continuar la secular unión con España, ésta no os abandonará jamás», presentó ante el Consejo de Ministros los resultados de una consulta popular celebrada allí. De acuerdo con ella, el 88 por ciento de los varones saharauis mayores de edad habían optado por permanecer unidos a España46. Por lo que acaba de indicarse se puede apreciar que con lentitud se había ido abriendo en Carrero la idea de que una cierta autonomía o, al menos, una consideración del voto de los indígenas resultaba necesaria, pero, sin duda, quería que la presencia española se mantuviera el mayor tiempo posible y que la independencia (que debía considerar inevitable en Guinea e inaceptable en el Sahara) estuviera apadrinada y conducida por la antigua metrópoli. 

Pero ya en estos momentos en sus propósitos se había cruzado la decisión de Castiella de convertir la reivindicación gibraltareña en eje absorbente de la política exterior española. Eso a Carrero siempre le pareció excesivo, pero, sobre todo, el ministro de Exteriores acabó por resultarle (a él, que sin duda había contribuido a nombrarlo) un obseso y, lo que es peor, un pesado. Hay un acta de Consejo de Ministros que lo revela y es la única que contiene algo parecido a un juicio personal de todas las redactadas por Carrero, habitualmente escuetas y frías. Aquel día, después de la intervención de Franco, que habló sobre Gibraltar, Castiella empleó la mayor parte de la mañana insistiendo sobre la misma cuestión hasta la hora de comer. Cuando se reanudó la sesión, pasadas las cinco, volvió a tomar la palabra y Carrero escribió: «¡Sigue Asuntos Exteriores!»47 El ministro subsecretario no tenía en cuenta, sin embargo, que a estas alturas, con independencia de que Exteriores hiciera una política que, por considerar a Gibraltar como una colonia, necesitaba del apoyo de los países del Tercer Mundo, en la ONU la resistencia a la descolonización resultaba ya impresentable. 

Comoquiera que sea, la divergencia entre Exteriores y Presidencia no hizo sino agudizarse con el transcurso del tiempo y resultó profundamente disfuncional. Las propias actas del Consejo de Ministros revelan los distintos ritmos que seguían ambos departamentos ministeriales. Cuando el acta se redactó siguiendo la propuesta de Exteriores quedó previsto que se celebrara una conferencia constitucional guineana a comienzos de 1967, pero luego se retrasó y sólo en abril de 1968 concluyó de manera definitiva48. Entonces llevó la batuta Presidencia, y una buena prueba del interés que Carrero tuvo en estas cuestiones es el hecho de que sea la única relativa a su directa competencia que figura mencionada en su agenda de trabajo de estos momentos. A lo largo de abril y mayo de 1968 mantuvo repetidas conversaciones con los dirigentes políticos guineanos, en presencia o no del general Díaz de Villegas. La impresión que tuvo fue positiva: «Creo —escribió— que he conseguido ponerlos de acuerdo. Si éste es efectivo podrá salvarse el porvenir de Guinea.» La frase es significativa porque testimonia que consideraba problemático el futuro, pero creía haberlo garantizado. Revela, además, la dificultad de mantener en una misma unidad política a Fernando Poo y Río Muni. 

Sin embargo, la decepción vino pronto y, además, en la fase final estallaron las divergencias definitivas entre Castiella y Carrero. El primero aceleró el ritmo comprometiéndose a una fecha para la independencia durante 1968 mientras que el segundo quería dilatarla. El reproche que el ya vice­presidente le hacía al ministro de Exteriores fue que ponía en peligro la paz y la prosperidad conseguida en los treinta últimos años. Al final, Guinea fue independiente, pero entró pronto en una situación caótica que supuso la ruptura con España y la caída en una dictadura sangrienta. En marzo de 1969 el Consejo de Ministros mantuvo una sesión tan movida sobre Guinea que el propio borrador de las actas, confuso y lleno de tachaduras, revela las discrepancias. Se decidía mantener la cooperación y la no intervención con la Guinea independiente, pero también se recomendaba el abandono del país por parte de los nacionales49. 

Este debió ser, sin duda, un motivo de irritación para Carrero que explica su actitud airada con Castiella. Sin embargo no cabe olvidar que él también pudo ser responsable de una parte de lo sucedido porque su desconfianza en la ONU y, sobre todo, el hecho de no haber contribuido a preparar a los dirigentes del nuevo país para la independencia fueron factores muy negativos. Es cierto, de todos modos, que la evolución de los países africanos independientes no ofrece tantos ejemplos optimistas, por lo que también cabe pensar que, fuera cual fuera la política que se hubiera seguido, el destino del país, por desgracia, hubiera podido ser el mismo. De cualquier modo, no parece existir la más remota justificación a las afirmaciones de que Carrero tuvo negocios personales en Guinea".

 

43 Carrero, 21-111-1957, PG, SMS, legajo 40, ns 4.

44 PG, CM, SG, BA, caja 081, ne 51.2, correspondiente al ll-VIII-1961.
Conviene recordar, de nuevo, que Carrero era el redactor en el acta de
lo que Franco decía.

 

45 Informe sobre la situación de la Región Ecuatorial, 2Q-III-1962, en PG,
CM, SG, legajo Reservado.

 

46 PG, CM, SG, BA, caja 825, acta 21/66, correspondiente al 28-X-1966.

 

47 PG, CM, SG, BA, caja 825, acta 12/66, correspondiente al 27-V-
1966.

48 Véanse las diferentes decisiones sobre el particular en PG, CM, SG,
BA, caja 825, acta 24/66; caja 826, acta 18/67; caja 827, acta 7/68.

49 PG, CM, SG, BA, caja 828, acta 5/69, c

 

Editado y distribuido por ASODEGUE

 

 

Volver a "La independencia"