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HOJAS INFORMATIVAS

 

5 de agosto de 2008

"Nacionalismo anticolonial en Guinea Ecuatorial: de españoles a guineanos"

Alicia Campos, revista Araucaria número 9, segundo semestre 2003 

            "Las descolonizaciones del siglo XX en África se hicieron en nombre de la nación. A las colonias europeas les sucedieron sendos estados nacionales, cuyos nuevos gobernantes africanos reclamaban el control político sobre la totalidad de la población que habitaba en el interior de las antiguas fronteras coloniales. Aunque herederas en muchos aspectos de las antiguas colonias, la legitimidad de las nuevas organizaciones políticas se basaba en premisas muy diferentes: las que fueran poblaciones colonizadas y sin derechos políticos, se consideraban ahora el cuerpo de ciudadanos de las naciones poscoloniales en formación. Los proyectos políticos de la independencia incluían por tanto intentos de construcción de naciones, y es esta dimensión del fenómeno descolonizador la que aquí nos interesa. Reflexionaremos a partir del caso de la única colonia española al sur del Sáhara, para vincularlo más tarde a algunas reflexiones realizadas en los últimos tiempos por historiadores del nacionalismo poscolonial[1] .

   Nacionalistas en la Guinea Española

            Las peculiaridades de los movimientos nacionalistas en la Guinea Española, después Ecuatorial, vienen marcadas en gran medida por las características de la situación colonial. Guinea era una colonia pequeña que estaba formada, básicamente, por la isla de Fernando Poo, dedicada al cultivo del cacao, y una parte continental, Río Muni, menos rentable para el colonizador y que producía madera y café. Era además la única colonia subsahariana de una potencia europea venida a menos, como España, y estaba rodeada de territorios franceses -Camerún y Gabón- y de la británica Nigeria al norte de la isla. En los años cuarenta  y cincuenta, la población de la colonia estaba formada por una mayoría de pequeños agricultores africanos integrados en la economía colonial, una minoría de grandes propietarios, en su mayoría europeos, y un grupo importante de inmigrantes procedentes sobre todo de Nigeria, que trabajaban como jornaleros en las plantaciones de cacao.

            El sistema colonial se basaba, como en el resto del continente, en el control indirecto de la población rural a través de las jefaturas tradicionales, que estaban integradas en la administración de la colonia. La mayoría de los africanos estaban sometidos a la costumbre, supuestamente indígena pero interpretada en el nuevo marco colonial, y no a las leyes del estado metropolitano, por lo que su consideración era más de súbditos que de ciudadanos. El colonial era, como ha dicho Mamdani, un sistema dual basado en un despotismo indirecto ejercido por autoridades locales, que estaban integradas como parte fundamental de la administración de la colonia pero sin que funcionaran para ellos los controles institucionales que regían en la metrópoli[2] . Se trataba de un colonialismo en tiempos de nación, en el que la nación estaba formada únicamente por la población europea, mientras que la colonizada quedaba fuera de ella y sometida a un sistema despótico. La diferencia de la colonia española con respecto a la mayoría de las europeas en África residía en el carácter autocrático del régimen metropolitano de Franco, que se superponía al autoritarismo colonial, y en las diminutas dimensiones del "imperio subsahariano español", que permitían una mayor presencia del estado en todo el territorio.

            A pesar del esfuerzo del colonialismo por mantener a los africanos en las áreas rurales sometidas a las autoridades locales, había surgido un pequeño pero importante sector guineano formado por aquellos individuos vinculados a la administración o a la economía colonial, como jefes tradicionales, maestros o funcionarios y también agricultores y comerciantes de la isla, descendientes de los inmigrantes de África occidental llegados con los primeros colonizadores europeos en el siglo XIX, a quienes se conocía como fernandinos. Para ellos se había ideado la figura jurídica del emancipado, que, siempre de forma imperfecta y reversible, los equiparaba en derechos a los metropolitanos con la justificación de una asimilación cultural. Estas personas tendían a mostrar actitudes oficialistas y conservadoras aunque no inmovilistas, acordes con su situación de relativo privilegio pero dispuestas a adaptarse a las circunstancias en la medida en que podían mantener su posición social. La participación de elementos de las poblaciones africanas en el entramado colonial era, por tanto, parte esencial de éste, pero eso mismo lo hacía intrínsecamente inestable: estos colaboradores no sólo estaban especialmente expuestos a las presiones ejercidas desde abajo, sino que seguían sufriendo una situación de subordinación y desigualdad.

La guardia colonial

            Como en el resto del continente, es de este mismo sector social del que surgirán los individuos que articularán, a lo largo de la década de los cincuenta, reivindicaciones de carácter político. Inicialmente expresadas en la exigencia de una mayor participación política en la colonia y la equiparación en derechos entre guineanos y españoles, su articulación se vería obstaculizada por el carácter especialmente autoritario y represivo de una administración no sólo colonial, sino también franquista. Por otra parte, la situación de la mayoría de la población rural no favorecía una movilización general contra la colonización: fragmentados en tribus y jefaturas en una estrategia de divide y vencerás, tenían la posibilidad, que utilizaban, de convertirse en pequeños productores de cacao y café y sacar así cierto provecho de la economía colonial. Al mismo tiempo, la dimensión más represiva de la colonización, como era el trabajo en plantaciones e infraestructuras, era realizado por una población foránea, los inmigrantes nigerianos, con menos derechos aún que los oriundos y que podían ser expulsados en cuanto trataran de organizarse alrededor de exigencias sociales o políticas.

            En este contexto, el ámbito internacional iba a jugar un papel fundamental como catalizador de las transformaciones políticas en la colonia española. A mediados de los años cincuenta el movimiento descolonizador, iniciado en Asia una década antes, había llegado al continente africano y generado una poderosa coordinación en foros internacionales en torno al objetivo del fin del colonialismo en aquellos lugares donde aún persistía. Las élites africanas de Guinea Ecuatorial iban a encontrar en los territorios vecinos y en el movimiento afroasiático fuentes de apoyo e inspiración para sus reivindicaciones ante la administración colonial, que comenzaron a expresarse en términos de independencia. Por su parte, la política exterior española iba a demostrarse, con el tiempo, especialmente sensible a estas demandas internacionales, debido a la reciente historia de aislamiento y la necesidad de reconocimiento internacional del régimen de Franco, que había sido admitido en 1955 en Naciones Unidas.

            La primera reacción del gobierno español ante las presiones internas e internacionales fue una estrategia asimilacionista, a imitación de la llevada a cabo por Portugal en sus colonias africanas. Convirtiendo formalmente a los territorios del golfo de Guinea en dos provincias españolas se pretendía certificar el desmantelamiento del sistema colonial. La asimilación fue de hecho muy imperfecta, pues pervivieron numerosas instituciones y formas coloniales; además, el paso de súbditos a ciudadanos en un régimen como el franquista no significaba en ningún caso un aumento de la participación política. Sin embargo, se intensificó la africanización de la administración colonial y con ella creció ese grupo social occidentalizado más proclive a sufrir las limitaciones de promoción del sistema. Con la provincialización, el debate en el seno de este sector de la población sobre el fin del colonialismo se planteaba ya abiertamente, como un dilema entre profundizar la igualdad de africanosy europeos, de guineanos y españoles, como proponía el discurso gubernamental, o reivindicar la independencia soberana a la manera de los primeros estados subsaharianos independientes como Ghana y Guinea (Conakry).

            Tras la descolonización de una gran parte de los imperios francés y británico en 1960, y en especial de los territorios vecinos de Gabón, Camerún y Nigeria, la independencia fue cobrando el carácter de futuro ineludible para parte de la élite guineana. Ésta veía la provincialización como una fórmula del gobierno español para mantener su dominio en el nuevo contexto internacional, y algunos individuos comenzaron a organizarse en movimientos políticos clandestinos o en el exilio -no olvidemos que el sistema político español no permitía la constitución de organizaciones políticas al margen del aparato del estado-. Estos primeros grupos incluían a partidarios tanto en la isla como en la parte continental, y pronto tratarían de establecer relaciones con el exterior, donde más fácil resultaba crear estructuras organizativas y donde se podían conseguir fondos para ello. Las relaciones entre los grupos del interior y los grupos del exterior fueron, pues, el eje alrededor del cual se generó el movimiento independentista de Guinea Ecuatorial.

Jaime de Pinies, representante español en Naciones Unidas

            El grupo de exiliados de Camerún fundó la llamada Idea Popular de Guinea Ecuatorial (IPGE), que financiada en parte por el gobierno de Yaounde incluía en su proyecto político la integración de la Guinea poscolonial en el estado camerunés, basándose en la existencia a ambos lados de la frontera de la misma etnia fang. También a finales de los años cincuenta aparecieron otros grupos de refugiados en la frontera entre Guinea y Gabón. Entre 1959 y 1962, el contacto de algunos de estos exiliados con elementos del interior había dado lugar al Movimiento Nacional de Liberación de Guinea Ecuatorial (MONALIGE), con Atanasio Ndong como secretario general en el exilio. Por su parte, el moderado Ondó Edú organizaría en Libreville la llamada Unión Popular de Liberación de Guinea Ecuatorial (UPLGE), con importantes apoyos entre la población de la zona suroriental del territorio guineano y con el gobierno gabonés de León Mba como padrino fundamental.

            Poseemos pocas fuentes de información sobre la movilización popular en el interior de la colonia. No está claro que la independencia constituyera el único lenguaje utilizado por los africanos en su relación con la administración colonial. Lo que sí conocemos son los esfuerzos del nacionalismo independentista guineano en el exilio por captar, a través de las permeables fronteras, parte del descontento de la población de Río Muni. Y también las divergencias entre las organizaciones nacionalistas en torno a asuntos como el proyecto de unificación territorial con Camerún y, sobre todo, a la mayor o menor disponibilidad para pactar con el gobierno colonial. Mientras los líderes del exilio veían la independencia como la única posibilidad de jugar ellos un papel relevante en la política guineana, los del interior mantenían una mayor indefinición en cuanto al objetivo final.

            Los movimientos nacionalistas compensaban sus dificultades de implantación entre la población guineana con intensas relaciones internacionales. El foro privilegiado para los independentistas guineanos sería la Organización de las Naciones Unidas, donde la campaña anticolonial arreciaba desde la aprobación de la Declaración sobre la concesión de la independencia a los países y pueblos coloniales en 1960. Esta resolución de la Asamblea General (1514/XV) sancionó las transformaciones que estaban experimentando las normas internacionales: ya no era posible exigir condiciones de "civilización" para el reconocimiento de la estatalidad a un grupo humano, y el único requisito era la existencia de una población definida por las fronteras de una colonia.

            Desde 1962 acudieron los movimientos anticoloniales guineanos a la organización internacional, donde encontraban audiencia tanto en la Cuarta Comisión de la Asamblea General como en el recién creado Comité de los Veinticuatro. En Naciones Unidas, la debilidad interna de los nacionalistas guineanos aparecía oculta tras la virulenta cortina anticolonialista de los afroasiáticos. No importaba tanto la verdadera representatividad y el peso político real de los africanos que comenzaron a reclamar la independencia de la colonia española, como el hecho de que la reclamaran. A principios de los años sesenta la única resistencia con garantía de éxito era la que exigía el fin del dominio colonial a través de la independencia y la constitución de un nuevo estado soberano en el seno del sistema internacional. Condenado el colonialismo, cualquier voz que se alzara contra el mismo en aquellos términos era digna de credibilidad y su representatividad quedaba fuera de toda duda.

 

            La organización internacional también constituyó, para los nacionalistas, un espacio donde encontrarse, no sólo con el bloque afroasiático, sino con el mismo gobierno español en un contexto diferente al de la colonia. Los representantes españoles en la organización constituían el sector más abierto del gobierno franquista en este asunto, dispuestos a solventar los conflictos coloniales de manera más acorde con los "nuevos vientos de la historia". Todo ello hacía de la sede de la organización mundial en Nueva York un escenario privilegiado para la confrontación entre el gobierno español y las élites nacionalistas guineanas, o mejor dicho, entre ciertos sectores del gobierno español y de la población guineana. Además, si se quería jugar en Naciones Unidas había que asumir sus reglas y sus vocabularios, por lo que guineanos y españoles se vieron en la necesidad de utilizar el mismo lenguaje, que era el de la libre determinación de los pueblos coloniales, para dirimir sus conflictos. Lo que la descolonización guineana acabaría demostrando es que aquéllos que manejaban el lenguaje de los foros internacionales serían los que en gran medida protagonizarían el proceso de cambio.

   Autonomía como nuevo contexto colonial

            El aumento de las presiones internas e internacionales iba a decidir al gobierno español a emprender un nuevo cambio político-legislativo en su colonia subsahariana, más profundo que la provincialización. A finales de 1963, tras un proceso que incluyó la celebración de un referéndum en el territorio africano, se aprobó el llamado Régimen de Autonomía de Guinea Ecuatorial. Las dos provincias de Fernando Poo y Río Muni se convertían en una única entidad de carácter cuasi-federal, que incluía a dos nuevas instancias, remedos de una cámara legislativa y un gobierno respectivamente, ocupadas mayoritariamente por africanos: la Asamblea General y el Consejo de Gobierno. Estos nuevos órganos se constituían indirectamente, a partir de la reunión de los miembros de las dos diputaciones de sendos territorios, cuyo representatividad se basaba en mecanismos de carácter corporativo e indirecto con los que se elegían a los diputados y que provenían de la etapa de la provincialización[3] . Se mantenían, además, la mayoría de las prerrogativas del gobierno metropolitano en la figura del Comisario General, por lo que las capacidades reguladoras y gubernativas de las nuevas instituciones estaban muy limitadas.

            Con la autonomía, el gobierno franquista pretendía interpretar el principio internacional de la libre determinación en clave de autogobierno, pero la democratización del funcionamiento de la colonia fue en realidad muy limitada. Las nuevas instituciones eran asesoradas intensamente por técnicos españoles. Y el carácter corporativo de la representación, basada en las estructuras locales anteriores, hacía que los grupos políticos guineanos no tuvieran más que un reflejo indirecto en el gobierno autónomo. Por otra parte, la posibilidad de que la autonomía se transformara en independencia no estaba contemplada institucionalmente: la capacidad efectiva del gobierno autónomo para solicitar esta eventualidad era escasa, si no nula. Los tímidos componentes democráticos del nuevo régimen se veían enfrentados, no sólo a la pervivencia de las instituciones coloniales, sino también a la cultura profundamente autoritaria de la metrópoli y de sus representantes en el territorio.

            Pese a ello, la autonomía supuso un cambio cualitativo en el panorama político del territorio. Proporcionó un espacio mayor para la participación de las élites guineanas en ámbitos de decisión y consiguió integrar a gran parte de los nacionalistas y sectores más propensos a manifestar su descontento de forma política. Ya en el referéndum para su aprobación se permitió que los grupos políticos en la clandestinidad hicieran campaña entre la población a favor o en contra. Además, se abrió la posibilidad del regreso del exilio, que muchos guineanos residentes en Gabón y Camerún aprovecharon. Se profundizó la africanización del gobierno colonial iniciada con la provincialización y se produjocierta fusión de las élites del territorio: antiguos funcionarios coloniales y militantes nacionalistas, hasta entonces exiliados, se encontraron compartiendo el poder en las nuevas instituciones políticas, y generando un interés colectivo en el mantenimiento de las mismas[4] .

            Los términos del debate en el seno del nacionalismo guineano cambiaron; la cuestión que se planteaba con el nuevo escenario político era en gran medida la del tempo de la transformación del régimen de autonomía en independencia, que se veía ahora como algo inevitable. Entre las élites opositoras que aceptaron integrarse en las nuevas instituciones estaba Bonifacio Ondó Edú, que ocuparía el cargo de presidente del Consejo de Gobierno. El Movimiento de Unidad Nacional de Guinea Ecuatorial (MUNGE) creado en este tiempo alrededor de los miembros del nuevo gobierno autónomo con apoyo oficial, asumía en su programa la independencia pero matizaba su posición con un discurso sobre la falta de preparación de la población y la necesidad de un periodo intermedio antes de la retirada de los españoles. El MUNGE encontró apoyo entre aquellos guineanos más cercanos a la administración y menos propensos a los cambios, como eran los funcionarios, los jefes tradicionales y en general las personas de mayor edad.

Ondo Edu

            Por su parte, y pese al intento de considerar al MUNGE como único movimiento político en la colonia, los demás movimientos independentistas, como el MONALIGE y la IPGE, disfrutaron en este periodo de una mayor libertad de movimientos en el interior. Sin ser reconocidos legalmente como partidos políticos, se permitían sus reuniones bajo la condición de autorización previa y la presencia de un funcionario. Pero la ausencia de marco legal claro y la continuidad de las formas coloniales siguieron permitiendo la arbitrariedad de las autoridades, que trataron de poner trabas, ahora más sutiles, a la difusión de los planteamientos independentistas. El grupo que más debilitamiento sufrió fue la IPGE, cuyo proyecto de unificación con Camerún y su discurso más radical le hizo perder muchos adeptos entre la población y sufrir una mayor marginación por parte de las autoridades. Algunos de ellos pasaron a integrarse en el MONALIGE, que también acogería a algunos de los guineanos que ocupaban cargos públicos en el nuevo régimen y que fueron radicalizando sus posturas. Este grupo sí que mantuvo, y fomentó, una importante red de comités locales en todo el territorio, lo que le convirtió en el movimiento con mayor base social.

            En el ámbito económico no se produjo ninguna sustitución de élites ni una mayor africanización del sistema productivo y comercial, pero aumentó el gasto público sobremanera como consecuencia de la creación de las nuevas instituciones autónomas. Las crecientes inversiones en la colonia no hicieron más que acentuar la dependencia económica de las élites políticas respecto del gobierno de Madrid, y su consiguiente pérdida de autonomía. Gran parte de los nuevos flujos de capital iban dirigidos a pagar emolumentos a las autoridades autónomas. Paradójicamente, fue durante este periodo cuando más se fortalecieron los lazos que vinculaban a los políticos guineanos con la oligarquía española, lo que se simbolizaba en las visitas de miembros del gobierno español a la colonia o los innumerables viajes de las autoridades guineanas a Madrid, durante los que se renovaban los lazos políticos y económicos entre colonia y metrópoli. Durante la autonomía en Guinea se fue consolidando una tímida política del vientre, en la que el acceso a los cargos públicos y su conexión con el gobierno metropolitano se convirtieron en fuente fundamental del riqueza, prestigio y ascendencia social[5] .

            Todo ello logró, involuntariamente, que muchos guineanos vieran en una hipotética independencia la culminación de estas rápidas transformaciones sociales. Si por una parte el régimen de autonomía supuso el debilitamiento y la domesticación del nacionalismo, así como su integración parcial en el aparato de poder de la colonia, por otra, el lenguaje independentista que manejaban iba a ser asumido por la mayoría de la población, y hasta por las élites políticas más reticentes al cambio. El desprestigio de las instituciones autónomas y las experiencias descolonizadoras africanas anteriores convirtieron la independencia en el firmamento ideológico de la autonomía. La autonomía fue también un periodo de intensos debates, pese a la censura habitual del franquismo, en el que se dieron procesos de reconstrucción identitaria y legitimatoria.

            Las mismas autoridades metropolitanas tratarían de apropiarse y domesticar el lenguaje de la independencia. Su necesidad de justificar tanto el cambio de política como la continuidad de la presencia española en Guinea convergía con la necesidad de los políticos guineanos de legitimar su actitud negociadora y su participación en las nuevas instituciones coloniales. En este contexto, la independencia se trató de presentar, no como emancipación de una dominación colonial ilegítima, sino como culminación de la misión civilizatoria española. Al mismo tiempo que se articulaba la idea de Guinea Ecuatorial como unidad política, España se convertía en la madre-patria, creadora de pueblos y nunca colonialista. Surgió así una especie de doble patriotismo, según el cual muchos de los nacionalistas guineanos expresaban su identificación tanto con Guinea como con España. Esto era al menos lo que podía leerse y escucharse, una y otra vez, en los discursos de autoridades y políticos publicados en los medios de comunicación de la colonia como las emisoras de radio Santa Isabel y Bata, el diario Ébano de Fernando Poo o el semanario Potopoto de Bata.

            Era inevitable que el carácter autoritario y centralista del régimen español influyera en el de los movimientos nacionalistas guineanos. Las demandas más democratizadoras a favor de una mayor participación de los guineanos en su propio gobierno se veían subordinadas a consignas de paz, unidad, orden y progreso. Como ilustración, observemos los deseos expresados ante el diario local por el presidente del Consejo de Gobierno para el futuro de Guinea: "Antes de cualquier otra cosa, la unidad de ideologías de todos los guineanos y en todos los órdenes, la consolidación de un sólo bloque de la masa popular y el Gobierno por ella constituido para afrontar todos en su conjunto las dificultades de un caminar tan trascendente como es el nuestro hacia la independencia de este pueblo. Con esta fuerza unitaria, sin fracciones ni divisiones y con una estrecha y mutua colaboración de todos, predigo la grandeza del pueblo de Guinea y tengo fe en que España, viendo este entendimiento común al unísono, tomará más interés para que su labor iniciada aquí sea rentable y llegue a su cumbre".[6]

Atanasio Ndong

            Pero este no era el vocabulario que se oía en los foros internacionales, adonde seguían acudiendo los nacionalistas guineanos que no se habían integrado en el nuevo régimen. En el exilio continuaban líderes importantes como Atanasio Ndong en Argel o Jesús Mba Ovono en Accra, que persistían en considerar a la organización como interlocutor para denunciar las "maniobras colonialistas y retardatarias" españolas. Se articularon, por tanto, dos ámbitos discursivos, en el interior de la colonia y en el escenario internacional de las Naciones Unidas, en los que los nacionalistas guineanos utilizaban dos lenguajes en cierto modo diferentes. En ambos la independencia aparecía como el futuro político de Guinea Ecuatorial, pero si en uno la autonomía representaba una etapa preparatoria e ineludible en el marco de la noble misión civilizatoria española, en el otro se trataba de una mera excusa colonialista para permanecer por más tiempo en el territorio. Es importante hacer notar que no se trataba tanto de personas diferentes, sino de ámbitos diferentes, en los que los mismos individuos podían verse obligados a utilizar un tono y un discurso distintos. Así ocurrió con aquellos exiliados, como Ondó Edú, que habían acudido a las Naciones Unidas y más tarde pasaron a formar parte del gobierno autónomo.

            Durante este tiempo cobró cuerpo otro movimiento en el abigarrado escenario político guineano. Su origen se encuentra en esa pequeña burguesía, europea y fernandina de Fernando Poo que había votado no al régimen autónomo por preferir la continuidad con la colonia. A este grupo se unió una parte importante de los jefes y de la población bubi, temerosa y reticente ante la llegada paulatina a la isla de individuos de la parte continental en el marco de las nuevas instituciones autónomas. Comenzó entonces a articularse, entre importantes sectores de la población isleña, la reivindicación de separación de las dos partes de la colonia. Los representantes políticos de la isla en las instituciones autónomas como los consejeros de gobierno y el presidente de la Diputación Provincial, Enrique Gori Molubela, se convirtieron en propulsores del nuevo movimiento separatista.

            Muchos de aquéllos que habían defendido la provincialización y la continuidad colonial en el plebiscito de 1963, generaron ahora un discurso diferente alrededor del derecho a la libre determinación del pueblo de Fernando Poo, a veces identificado con el pueblo bubi y otras veces de límites más difusos. Parte de este proyecto era la idea de mantener en el futuro estrechas relaciones, políticas y económicas, entre la rentable isla y la metrópoli, para lo que se llegaría a utilizar el argumento de que la resolución 1514 (XV) de Naciones Unidas permitía el ejercicio de la libre determinación no sólo a través de la independencia, sino también de la asociación o integración de un territorio en otro estado, con referencia clara a España. Obsérvese cómo el lenguaje internacional de los nacionalistas estaba convirtiéndose en el único legítimo, incluso para defender el statu quo. La comunidad imaginada no era, sin embargo, la misma para todos, y a partir de ahora habría dos: el pueblo de Fernando Poo y el pueblo de Guinea Ecuatorial.

            Para contrarrestar la fuerza que de este nuevo movimiento nacionalista, el MONALIGE trató de ganarse a la población autóctona de la isla valiéndose del hecho de que su presidente era un bubi con gran prestigio Pastor Torao Sikara, quien estaba jugando un papel fundamental en la configuración del nacionalismo guineano. Este nacionalismo se iba a articular a partir de ahora en contra de las demandas separatistas y en torno a la idea de unidad de ambos territorios y de la convivencia de la diversidad étnica en el marco de las fronteras legadas por la colonización española. El separatismo sería acusado de vicario de los intereses capitalistas de los colonos españoles. Es necesaria cierta cautela, empero, a la hora de considerar el papel de los grupos económicos metropolitanos, pues si los empresarios españoles de Fernando Poo apoyaban el surgimiento de la opción separatista de la isla, los de la parte continental, que eran fundamentalmente madereros, comenzaron a acercarse a los nacionalistas a través del MONALIGE. La independencia se fue haciendo cada vez más inevitable a los ojos de los mismos colonos: mientras unos buscaban resituarse en la mejor posición de partida en el nuevo contexto que ya se preveía, otros muchos comenzaron a plantearse el abandono paulatino de sus actividades e intereses económicos en el territorio.

            Tal vez la transformación política más significativa de este periodo fue la que llevó al movimiento más oficialista, el MUNGE, a radicalizar sus planteamientos iniciales y asumir el objetivo de la independencia para un futuro próximo. Está por estudiar hasta qué punto la opción independentista se reforzó a causa de la aparición del separatismo bubi. Lo cierto es que desde las filas del MUNGE comenzó a criticarse la actuación del Consejo de Gobierno y de su mismo presidente, Ondó Edú. Este hecho, unido a la deserción de los consejeros de Fernando Poo, hizo que las instituciones autónomas perdieran la misma base social que lo había sustentado, al tiempo que los sectores más moderados y negociadores estaban haciendo uso del mismo lenguaje nacionalista del MONALIGE y de la IPGE.

            Hacia 1966, era evidente que la autonomía no estaba cumpliendo las expectativas de ningún sector social ni político de Guinea. Las limitaciones en la capacidad de decisión de sus órganos de gobierno, las acusaciones de corrupción y clientelismo, el enfrentamiento entre los distintos grupos políticos, etc. Todo ello contribuyó a la deslegitimación del régimen. Pero también a que la independencia, en una u otra modalidad, fuera vista, por la casi totalidad de la población, como el siguiente cambio que no debía tardar mucho en llegar.

   La transferencia de poderes

            Uno de los objetivos del gobierno español al establecer el régimen de autonomía era apaciguar las reclamaciones independentistas internas e internacionales. Sin embargo, no logró ninguna de las dos cosas, pues en el foro de las Naciones Unidas la independencia era, a estas alturas, el único desenlace aceptable de una situación colonial. En el interior de la colonia, el disfrute de la autonomía y de una mayor libertad de expresión había permitido una mejor articulación y publicidad de las opciones independentistas. Por su parte, los sectores guineanos más conservadores se fragmentaron entre la burguesía criolla de la isla de Fernando Poo, que reclamaba la separación con respecto a la parte continental y unas especiales relaciones con la metrópoli, y aquéllos de origen continental que adoptaron un lenguaje de transformación paulatina de la colonia en Estado independiente.

Macias y Fraga

            Para apaciguar los ecos de estas controversias que llegaban a Naciones Unidas, los responsables de la política exterior del gobierno franquista tomaron la iniciativa de invitar a una misión observadora del Comité Especial a la colonia, para que tomara nota por sí misma de las libertades de que disfrutaban los guineanos bajo el régimen de autonomía. El resultado no sería, sin embargo, el esperado por los diplomáticos españoles, pues la misión observadora, que visitó Guinea en agosto de 1966, certificó el deseo mayoritario de independencia entre la población. Lo cierto fue que hasta los sectores más conservadores del territorio utilizaron el lenguaje de la independencia ante los visitantes internacionales.

            La visita de la misión internacional se iba a demostrar, pues, decisiva en el cambio de actitud del gobierno español, que acordó entonces su retirada definitiva y la transferencia de poderes a la élite política del territorio. Para ello iba a utilizar el mecanismo propuesto por la misma misión visitadora, y que ya había sido empleado por otras potencias europeas: la celebración de una Conferencia constitucional. Con ella se trataba de sentar a la mesa a representantes de la población africana del territorio y del gobierno español para que redactasen el texto constitucional que regiría la vida política del nuevo estado independiente.

            Para el gobierno de Madrid, dirigido ahora por el Ministerio de Asuntos Exteriores en esta cuestión, se trataba de llevar a cabo una descolonización modélica según los cánones de Naciones Unidas y no del régimen franquista. Para ello era preciso el uso del lenguaje democrático que el principio de libre determinación parecía exigir. No obstante, la interpretación que la organización internacional daba ahora a este principio ponía ciertas limitaciones a las exigencias democráticas. Especialmente en lo concerniente al sujeto político, que casi siempre se entendía formado por la población que habitaba el interior de las fronteras de una colonia, y no por algún otro grupo humano, como se haría pronto evidente para los separatistas de Fernando Poo. La misma decisión de la independencia no se consideraba sometible a consulta popular alguna -sólo cuando el resultado de la descolonización era el de la integración o la asociación con otro estado se requería el consentimiento de la población-, lo que también tendría repercusiones en el modelo de retirada que adoptó España.

            Al margen de estas consideraciones, la paradójica decisión de un gobierno dictatorial como el franquista de conceder la independencia a su colonia ecuatorial al tiempo que le proporcionaba una constitución democrática no podía dejar de provocar incoherencias. En primer lugar, estaba la cuestión de la representatividad: la reconocida deslegitimación de las autoridades autónomas provocó que la delegación guineana incluyera, además de a éstas, a representantes de grupos políticos al margen de las instituciones del régimen autónomo y ajenas al sistema político franquista. La representatividad de la delegación guineana se convirtió en una cuestión controvertida a lo largo de toda la conferencia. En segundo lugar, hay que hacer notar las dificultades que encontró la administración autoritaria española para coordinar un proceso que conllevaría la instauración de una constitución democrática y la organización de unas elecciones de sufragio universal. La carencia de imaginario político de carácter participativo se hizo evidente en la manera como el gobierno español dirigió la Conferencia constitucional. Los tics autoritarios del régimen impidieron la utilización de unos procedimientos democráticos y efectivos de toma de decisión. Y ello se reflejaría, en última instancia, en la falta de un verdadero consenso final entre los participantes en la conferencia con respecto del resultado de la misma.

          En tercer lugar, los conflictos intragubernamentales no podían por menos que aparecer en un momento de culminación como éste. Ahora era el Ministerio de Asuntos Exteriores el que presidía la política del gobierno franquista hacia Guinea, pero la Dirección General de Plazas y Provincias Africanas, en Presidencia del Gobierno, seguía siendo responsable de la administración colonial y la garante de los intereses de los colonos residentes en la región. Los objetivos de ambos sectores en torno a la Conferencia constitucional no eran los mismos: mientras la política exterior buscaba acrecentar el prestigio del estado español con un gesto en línea con las exigencias internacionales, los encargados de la política colonial buscarían la manera de prolongar la permanencia del estado español más allá de la independencia del territorio. Ambos objetivos no tenían por qué resultar contrapuestos en abstracto, pero sí lo resultaron en concreto, en la medida en que, en busca de sus objetivos, cada sector gubernamental se apoyó en grupos guineanos distintos.

           Efectivamente, la Conferencia constitucional convocada por España y celebrada en dos fases entre octubre de 1967 y julio de 1968, volvió a dar paso a la realineación de los diferentes grupos políticos del territorio. A estas alturas, el lenguaje de la libre determinación y la independencia era prácticamente compartido por todos ellos. Pero aparecieron fallas en torno a dos asuntos. El primero era la delicada cuestión del sujeto político con derecho a la libre determinación: frente a los que reclamaban la independencia de todo el territorio de la Guinea Ecuatorial, se encontraban los que la solicitaban para la isla de Fernando Poo separadamente de la parte continental. Estos últimos combinarían el lenguaje de la libre determinación con el de la provincialización, solicitando tanto la independencia separada como la continuidad de la integración de la isla en el estado español. La segunda falla se daría con relación a los diferentes apoyos con los que contó cada grupo en la misma metrópoli y la actitud más o menos contemporizadora con el gobierno español.

Conferencia Constitucional

           La ausencia de una cultura política democrática en el régimen español, y la falta de coordinación y entendimiento entre las partes, marcó el resultado de la conferencia, que se saldó con un texto constitucional para el conjunto del territorio que no fue ratificado por todos los delegados guineanos. Las últimas etapas del proceso que llevó a la descolonización de Guinea Ecuatorial se caracterizó por la fragmentación de todas las partes y las intrincadas relaciones que se establecieron entre elementos de la colonia y elementos metropolitanos. De tal manera que más que dos bandos opuestos, guineano uno y español el otro, negociando entre sí, surgieron varios complejos de intereses en conflicto, formados cada uno de ellos por elementos tanto africanos como europeos. Finalmente, la aprobación de la constitución correspondió a la población guineana, que lo hizo a través de un referéndum por sufragio universal en agosto de 1968, pese a la campaña en contra del nuevo grupo político surgido durante la Conferencia constitucional alrededor del antiguo funcionario colonial y miembro del Consejo de Gobierno durante la autonomía, Francisco Macías Nguema.

           La transferencia de poderes se realizó el 12 de octubre de 1968 al gobierno surgido de las elecciones celebradas en septiembre y que pusieron en funcionamiento las nuevas instituciones constitucionales. La elección del "Día de la Hispanidad" como fecha de la independencia de Guinea Ecuatorial, poseía un indudable potencial simbólico, que hacía referencia a la continuidad de la experiencia colonial española en el nuevo estado independiente. Pero el ambiente de enfrentamiento político en el que habían transcurrido las negociaciones sobre la descolonización se plasmaron en el hecho de que el candidato que venció en las elecciones, Macías Nguema, fue el único que no se presentó con apoyos gubernamentales, frente a los que lo hicieron respaldados, bien por Presidencia del Gobierno, como Bonifacio Ondó, bien por Asuntos Exteriores, como Atanasio Ndong, o bien por los empresarios del cacao de Fernando Poo, como Edmundo Bosío. El primer gobierno, que duraría escasos cinco meses, fue, no obstante, de coalición y agrupó a la mayor parte de los principales líderes nacionalistas, salvo a Ondó.

           En todo el proceso de negociación e independencia se haría sentir la presencia de Naciones Unidas como instancia de apelación por parte de los participantes en las negociaciones descontentos con los resultados y, sobre todo, como observadores internacionales, legitimando la puesta en marcha de las nuevas instituciones y la ceremonia de traspaso de poderes. Finalmente, la organización fue el escenario en el que se simbolizó el reconocimiento de la soberanía externa del nuevo estado de Guinea Ecuatorial y su ingreso como miembro de pleno derecho en la sociedad internacional.

   De la nación emancipadora al estado autoritario

           Durante la primera década de las independencias africanas, la nación aparecía, a los ojos de actores y observadores, como el principal instrumento emancipatorio y modernizador frente al imperialismo. El declive intelectual de la idea nacional coincidirá, a su vez, con la crisis del estado poscolonial y también con el cuestionamiento y la deconstrucción de las identidades nacionales en muchos ámbitos de las ciencias sociales.

           Como hemos visto, hablar de nacionalismo durante la descolonización africana es hablar de nacionalismo territorial, de la reivindicación política de la independencia y la soberanía estatal para los territorios delimitados por fronteras coloniales. Obviamente, no era éste el único fenómeno social en el continente que implicaba identidad y poder: el nacionalismo territorial del que hablamos constituyó una de entre numerosas formas de contestación que se articularon frente a, o en diálogo con, el colonialismo europeo. El éxito de sus propuestas, es decir, el hecho de que el sistema colonial acabara precisamente con la independencia, reconocida internacionalmente, de los territorios que antes habían sido colonias, lo convirtió durante los años cincuenta y sesenta en sinónimo de progreso y liberación.

           Para los historiadores de nuevo cuño, que reivindicaban la historicidad de las sociedades africanas e insistían en las reacciones que el colonialismo había generado desde el inicio de la expansión europea, el nacionalismo anticolonial no era sino la última manifestación y hasta el compendio de las primeras resistencias[7] . Su victoria significaba la recuperación de la libertad perdida con la invasión colonial. Ésta sería también la interpretación de estudiosos africanistas simpatizantes con los movimientos de liberación como Thomas Hodgkin, Basil Davidson o Ali Mazrui[8] . Desde una perspectiva más conservadora, los politólogos de la escuela de la modernización observaban al nacionalismo como el instrumento que en manos de las élites occidentalizadas consumaría el proceso de modernización iniciado por el colonialismo[9] . Los cambios que éste provocó en las sociedades africanas, conceptualizadas como tradicionales, habían generado una serie de reivindicaciones que los nacionalistas supieron aunar y dirigir hacia un fin de independencia y progreso.

           Dentro de la diversidad de los nacionalismos africanos, algo que compartían tanto nacionalistas como académicos simpatizantes era la idea de que la nación era algo por construir. El objetivo era generar lealtad a un territorio que había sido definido por el colonizador y que ahora los nacionalistas, perfectamente conscientes de su novedad con respecto a las organizaciones políticas precoloniales, asumían como inmutable. No se trataba por tanto de restablecer los órdenes sociales anteriores a la llegada de los europeos, sino de fundar los cimientos de un estado nacional nuevo, que era concebido como el instrumento fundamental de modernización del continente africano. Nación y modernidad aparecían entonces como caras de una misma moneda. Y cualquier reivindicación que pusiera en cuestión las pretensiones unificadoras de las nuevas naciones, eran tachadas de tradicionales e imperialistas, recordando así el papel que las jefaturas tradicionales habían jugado en el sistema colonial.

           Pronto aparecerían interpretaciones menos benévolas del nacionalismo, o mejor dicho, de los nacionalistas. En la década de los setenta la crítica vino de autores revolucionarios como Franz Fanon o Amílcar Cabral o de los teóricos de la dependencia como Walter Rodney o Samir Amín[10] . Después de más de una década de independencias, y en plena guerra anticolonial en los territorios portugueses, las élites en el poder, que se legitimaban con el lenguaje del nacionalismo, eran acusadas de haber sustituido a los administradores europeos sin transformar las desiguales estructuras de la colonización. Su papel era interpretado, de manera negativa, como el de meros intermediarios entre el capitalismo internacional y las sociedades africanas. Para los ideólogos radicales como Fanon y Cabral la alternativa a la "burguesía nacional" europeizada eran los grupos sociales subalternos y, en concreto, el campesinado, donde residía el verdadero potencial revolucionario.

Fanon

           Desde las sensibilidades post-estructuralistas de los ochenta y noventa han surgido nuevas líneas de debate y reflexión que han afectado a la concepción del nacionalismo africano. La pionera contribución de Terence Ranger en el libro que coeditó con Eric Hobsbawm, The Invention of Tradition (1983), se refería a las maneras en que el poder colonial había reinventado y utilizado el concepto de costumbre africana para gobernar de manera indirecta a los colonizados. No trataba del nacionalismo tardocolonial, pero sugería nuevas formas de observar fenómenos relacionados como el de las identidades, y ayudaría a cuestionar la dicotomía tradición/modernidad sobre la que se había sustentado el discurso modernizante del nacionalismo africano.

           Otro importante asalto a las pretensiones totalizadoras del nacionalismo han sido las tesis sobre la pluralidad y multiplicidad de identidades y arenas que son movilizadas por los africanos en el estado poscolonial. No se trata, como a menudo se afirma, de que las poblaciones africanas que habitan dentro de las fronteras de los estados independientes estén divididas en distintos grupos étnicos, perfectamente delimitados. Autores como Richard Werbner o Achille Mbembe insisten más bien en la capacidad de un mismo individuo de utilizar, en diferentes contextos, una pluralidad de lenguajes y afiliaciones, entre los que está lo étnico entre otras muchas identidades. La imagen es la de sociedades profundamente fragmentadas, en las que las personas son capaces de saltar de uno a otro de los fragmentos constitutivos de la realidad social[11] .

            El trabajo que ha supuesto un punto de inflexión y es referencia obligada en los últimos tiempos para la reflexión sobre el nacionalismo y la descolonización, es el de Frederick Cooper[12] . Este autor es en parte heredero del cuestionamiento que los llamados Estudios Subalternos llevan haciendo del nacionalismo indio. Cooper nos cuenta una historia compleja de interrelaciones entre africanos y colonizadores, no reducibles a las categorías de resistencia o colaboración. Si el desmantelamiento de los imperios coloniales se hizo en nombre de la construcción del estado y de la nación, no fue éste sin embargo el único lenguaje utilizado por los africanos para contestar la dominación europea. En su estudio muestra, en concreto, la tensión y compleja articulación que se dio entre los movimientos sociales y obreros africanos, con sus demandas de carácter universalista, y los movimientos políticos que exigían libre determinación de la población africana. Los regímenes coloniales, temiendo el coste económico y político de satisfacer las demandas de carácter social, decidieron conceder cierta participación en el poder a los líderes políticos africanos, para que fueran éstos los que enfrentaran aquellas exigencias. Sin preverlo, esta opción favorecería el triunfo del proyecto nacionalista de estatalidad e independencia.      

             La construcción de la nación y la soberanía del estado subsumió así a otras aspiraciones sociales, articuladas en términos más amplios o más estrechos, universalistas, panafricanistas, locales o étnicos. Y ello en gran medida porque la nación era una comunidad que podía ser imaginada a la vez por los líderes africanos y por los colonialistas europeos: "La nación no fue la única entidad que la gente imaginó, y el predominio del estado-nación en África desde 1960 no fue resultado de la atención exclusiva de las imaginaciones africanas sobre la nación, sino del hecho de que la nación era imaginable también para los gobernantes coloniales" [13] . El lenguaje y las instituciones de los colonizadores fueron utilizados por los colonizados para desafiar y transformar al mismo poder colonial.

             El éxito del proyecto nacionalista le permitió presentarse como el movimiento unitario que había llevado a la emancipación africana a través de la independencia, ocultando no sólo que había sido habitual la existencia de más de un movimiento nacionalista en cada colonia, sino muchas otras reivindicaciones de carácter económico, religioso o social que quedaron arrumbadas en el camino triunfante de la liberación nacional. La construcción del estado poscolonial se convirtió en el objetivo primordial, subordinando al mismo cualquier reivindicación en contra de la estructura desigual de la sociedad y excluyendo otras voces.

            Nuestro relato ha mostrado precisamente el carácter no unitario del movimiento descolonizador en Guinea Ecuatorial. Como hemos visto, surgieron una variedad de grupos alrededor del mismo objetivo de poner fin al sistema colonial. Las narrativas nacionalistas de un gran proceso coordinado e imparable hacia la independencia no casan bien con las dinámicas realmente existentes, en las que distintos grupos buscaron distintas maneras de enfrentarse y relacionarse con la administración colonial y los grupos sociales dominantes. Además, a lo largo del tiempo y de forma muy acelerada, fueron transformándose los escenarios jurídico-políticos y con ellos también los dilemas de los nacionalistas. La liberación nacional consistió más en un lenguaje y un ámbito dialéctico en el que se daba la confrontación y negociación que en un objetivo consensuado.

            Durante los años sesenta fueron varias las alternativas posibles para resolver la tensión tardocolonial: desde la integración genuina del territorio en España y el reconocimiento de los derechos de los españoles a todos los guineanos, hasta la independencia soberana, pasando por la unión con Camerún o la separación entre isla y parte continental. Sin olvidar el mismo ensayo de la autonomía llevada a sus últimas consecuencias, o algo que nunca se debatió públicamente como era la recreación de formas políticas precoloniales distintas al estado. Lo cierto es que el resultado consistió en la independencia y reconocimiento internacional de la soberanía del territorio colonial en su conjunto, que coincidía con la forma que había adoptado la descolonización en el resto de África.

            Al solicitar la independencia, los nacionalistas alegaban la existencia de un nuevo sujeto político, la nación de Guinea Ecuatorial, que se imaginaba como una comunidad por construir, definida por fronteras que se sabían impuestas, y legitimada, no en la preexistencia de costumbres en común, sino en la futura modernización que sólo el estado nacional podía llevar a cabo. La ambigüedad de la nación poscolonial consistía en que se utilizaba como instrumento de emancipación del colonialismo, pero al mismo tiempo necesitaba de la experiencia colonial, como rasgo diferenciador de la españolidad en este caso, para justificar su existencia. El nacionalismo se presentaba por los nacionalistas como superación del lenguaje civilizatorio del colonialismo, pero a la vez no era sino una reformulación de ese mismo lenguaje. En este sentido se ha considerado al nacionalismo anticolonial como la culminación del proyecto hegemónico del imperialismo: el fin del colonialismo sólo fue posible en clave de las categorías culturales, de nación y progreso, de los mismos colonizadores[14] .

Celebrando la independencia

            Una de las peculiaridades del caso guineano fue que los lenguajes de independencia y nación utilizados por los nacionalistas africanos no los proporcionaron sólo los colonizadores españoles, inmersos como estaban en un régimen político muy poco liberal. En el contexto peculiar de una metrópoli como la franquista, el movimiento afroasiático y descolonizador internacional proporcionó no sólo ámbitos privilegiados de actuación, como era Naciones Unidas, sino el mismo lenguaje de libre determinación de los pueblos coloniales con el que se exigió la retirada de los españoles. Fue también el consenso internacional el que determinó que el sujeto político a descolonizar, el demos del nuevo estado, fuera la población definida por las fronteras marcadas por el colonizador, sin que cupiera una consulta a la población sobre este extremo.

            La relevancia de los factores internacionales en la descolonización de Guinea Ecuatorial vino provocada en parte por la actitud contemporizadora del gobierno español en los foros mundiales, lo que contrastaba con las dificultades en el interior del estado para el diálogo y la negociación política; o con la misma actitud del gobierno vecino y afín de Portugal. Pese a la inicial identificación de las políticas coloniales lusas y españolas por el grupo anticolonial de Naciones Unidas, pronto se hizo evidente que el gobierno de Franco adoptaba una estrategia de apaciguamiento ante las demandas de descolonización de los años sesenta. La decisión de los españoles de participar plenamente en las relaciones internacionales de la guerra fría los hizo vulnerables a las nuevas normas que consideraban ilegales las formas coloniales de dominación y que concebían al estado nacional como única organización política legítima.

            Con el tiempo, el nacionalismo anticolonial, inicialmente preocupado por el aumento de los derechos políticos de la población colonizada, se convertiría en una mera ideología de estado. A esto contribuyeron las reformas de los gobiernos tardocoloniales, como la autonomía de Guinea Ecuatorial, que lograron integrar y "domesticar" las iniciales reivindicaciones populares. Lo que a su vez condujo a la captación por el estado colonial de los líderes políticos africanos, su desvinculación de sus bases popular, y la redefinición de sus objetivos, ahora dirigidos a la captura del estado, el control y la desmovilización social[15] . Como quedó claro durante la Conferencia constitucional de Madrid, las preocupaciones de los nacionalistas en las últimas fases de las negociaciones con los colonizadores, no se expresaron tanto en el desmantelamiento del sistema de dominación colonial como en la africanización total del aparato administrativo y la independencia.

            Con el Estado poscolonial, las formas coloniales y su sistema dual de dominación no desaparecerían por completo. Cinco meses después de la independencia, una de las facciones del nacionalismo guineano, liderado por el presidente Francisco Macías Nguema, impondría una férrea y sangrienta autocracia, más hija del franquismo y su sistema colonial que de la recién aprobada constitución. Como en la mayoría de los regímenes poscoloniales africanos, se dejó sin contenido la ciudadanía recientemente obtenida con el fin del colonialismo. La ideología y la práctica de los nuevos gobernantes no se iban a basar en una mayor participación de los africanos en los asuntos públicos, sino en la supeditación de todos los esfuerzos a la construcción del mismo Estado[16] .

            La idea de nación, que sirviera de instrumento emancipatorio, perdió virtualidad en el nuevo contexto. La legitimidad que buscara el nuevo régimen se basaba en la identificación entre estado y autócrata, más que entre estado y nación, y el culto a la personalidad de Macías constituyó el principal instrumento simbólico en manos de los nuevos gobernantes. Los discursos del poder eran una paradójica amalgama de planteamientos anti-imperialistas y anti-españolistas y modos típicamente franquistas de gobierno. Sin embargo, el control se basaba más en el uso indiscriminado del terror y la represión, y en la eliminación de rivales políticos reales o potenciales, que en una hegemonía ideológica: una gran parte de la élite nacionalista murió en las cárceles de Macías, mientras que no sólo los colonos europeos y los trabajadores nigerianos abandonaron el país. El exilio volvió a convertirse en una opción adoptada por una gran número de guineanos; y fue precisamente entre estos emigrantes donde se generó cierto discurso identitario con referencia a Guinea Ecuatorial[17] .

            Frente a los nuevos despotismos poscoloniales, el ámbito internacional no proporcionó esta vez lenguaje de emancipación alguno. La transformación que sufrió la sociedad internacional y su marco normativo durante la descolonización resultó ser complementaria del proyecto de construcción estatal sostenido por los líderes nacionalistas y los gobiernos africanos. El principio de la libre determinación se interpretó en relación a los pueblos coloniales en términos de independencia del gobierno europeo, reconocimiento internacional y respeto de la integridad territorial de los nuevos estados, al tiempo que se relegaba su dimensión democrática, ligada a la idea de "gobierno por consentimiento"[18] . De este modo, la reproducción de los modos coloniales franquistas en el nuevo estado de Guinea Ecuatorial se vio reforzada por el reconocimiento internacional de su soberanía y la garantía de la no intervención en sus asuntos internos, por más que sus nuevos gobernantes africanos se mostraran fieles herederos del despotismo colonial".


 

   [1] Los datos ofrecidos en este artículo están documentados en el libro de la autora, De colonia a estado. Guinea Ecuatorial 1955-1968, Centro de Estudios Políticos y Constitucionales, Madrid, 2002. Otras obras sobre la descolonización guineana son: Francisco Elá Abeme, Guinea, los últimos años, Centro de la Cultura Popular Canaria, Tenerife, 1983; C.M. Eya Nchama, "La décolonisation de la Guinée Équatoriale et le problème des réfugiés" en Genève-Afrique, vol.XX, n.1, 1982; Donato Ndongo-Bidyogo, Historia y tragedia de Guinea Ecuatorial, Cambio 16, Madrid, 1977; ídem, "España y Guinea (1958-1968)", en El despertar de África. Fin del colonialismo europeo, Historia Universal-Siglo XX, monográfico n.28, 1983; René Pelissier, "Le mouvement nationaliste en Afrique espagnole" en Le mois en Afrique, julio 1966; ídem, "Fernando Poo ou la politique de l'insularité" en Revue française d'etudes politiques africaines, 36, 1968; ídem, "Uncertainties in Spanish Guinea" en Africa Report, marzo 1968; Max Liniger Goumaz, Brève Histoire de la Guinée Équatoriale, Editions L'Harmattan, París, 1988; ídem, África y las democracias desencadenadas. El caso de Guinea Ecuatorial, Ed. Claves para el Futuro, 1994.

   [2] Mahmood Mamdani, Citizen and Subject. Contemporary Africa and the Legacy of Late Colonialism, Princeton University Press, Princeton, 1996.

   [3] El carácter corporativo de la "democracia orgánica" franquista desvirtuaba todo el mecanismo representativo. Salvo en los casos de referéndum, el sufragio era "indirecto, corporativo y limitado". En las elecciones municipales se dividía el sufragio en tres sectores: el tercio familiar formado por los cabezas de familia, el tercio sindical compuesto por las Juntas de la gubernamental organización sindical, y el tercio corporativo, elegidos por cooptación por los dos tercios anteriores entre las entidades económicas, culturales y profesionales. En el caso de las elecciones provinciales, los diputados eran elegidos de manera indirecta entre los Ayuntamientos, la organización sindical y las corporaciones económicas, culturales o profesionales de la provincia. Y los mismos principios guiaban las elecciones a procuradores en Cortes, divididos también en los tercios familiar, sindical y corporativo. Se trataba de generar cierta legitimidad representativa de un régimen básicamente autoritario, evitando los cauces de las democracias liberales

   [4] El concepto que utiliza Jean-François Bayart, tomado de Gramsci, de "fusión" o "asimilación recíproca de las élites" es muy expresiva para ilustrar el fenómeno al que nos estamos refiriendo aquí. Jean-François Bayart, El estado en África. La política del vientre, Edicions Bellaterra, Barcelona, 1999.

   [5] Bayart, op.cit., 1999.

   [6] Declaraciones de Ondó Edú, "La Autonomía vista por sus dirigentes", Ébano, 15/7/1966, p.3.

   [7] Terence O. Ranger, "Connexions between 'primary resistance' movements and modern mass nationalism in East and Central Africa" I y II, Journal of African History IX, 3 y 4, 1968-1969.

   [8] Thomas Hodgkin, Nationalism in Colonial Africa, Frederick Muller, London, 1956; Basil Davidson, The People's Cause. A History of Guerrillas in Africa, Longman, Londres, 1981; Ali A. Mazrui & Michael Tidy, Nationalism and New States in Africa, Heinemann, Kenya, 1984.

   [9] James S. Coleman, "Nationalism in Tropical Africa", The American Political Science Review, 48, 2, 1954.

   [10] Franz Fanon, Los condenados de la tierra, F.C.E., México, 1965 (1ª ed.1961); Amilcar Cabral, Guiné-Bissau, Naçao africana forjada na luta, Textos Amílcar Cabral, Lisboa, 1974; Walter Rodney, De cómo Europa subdesarrolló África, Siglo XXI, México, 1982 (1ªed, 1972); Samir Amin, Neocolonialism in West Africa, Harmondsworth, Penguin, 1973.

   [11] Richard Werbner, Postcolonial Identities in Africa, Zed Books Ltd, Londres y New Jersey, 1996.

   [12] Frederick Cooper, Decolonization and African Society. The Labor Question in French and British Africa, Cambridge University Press, Cambridge 1996.

   [13] Cooper, "Conflict and Connection: Rethinking Colonial Africa History", The American Historical Review, 99, 5, dec.1994, p.1537.

   [14] O, como dice Partha Chatterjee, fue la persecución del proyecto hegemónico del discurso colonial, de civilización y aculturación de los pueblos no europeos, la que hizo necesario que el estado dejase de ser colonial. Partha Chatterjee, "Was there a hegemonic project of the colonial state?", Dagmar Engels y Shula Marks, Contesting Colonial Hegemony. State and Society in Africa and India, British Academic Press, London, 1994, p.83.

   [15] Mahmood Mamdani, "State and civil society in contemporary Africa: reconceptualizing the birth of state. Nationalism and the defeat of popular movements", Afrique et Développement, 3-4, vol XV, 1990.

   [16] Partha Chatterjee, Nationalist Thought and the Colonial Order. A Derivative Discourse, Zed Books, London, 1986.

   [17] Igor Cusack, "Beign Away From 'Home': The Equatorial Guinean Diaspora", Journal of Contemporary African Studies, 17, 1, 1999

   [18] James Mayall, Nationalism and International Society, Cambridge University Press, Cambridge, 1990; idem, "Self-determination and the OAU", I.M.Lewis, Nationalism and Self Determination in the Horn of Africa, Ithaca, London, 1983.

 

 Editado y distribuido por ASODEGUE

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